Una mosca espera en el borde de un cuenco vacío mientras la vaca pasa una fuente de comida a otros animales.

Recopilación de Dayrell, sur de Nigeria · Fábula tradicional

La mosca en el banquete

El lugar más pequeño de la mesa

4 min de lectura7+ años · edad orientativa
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La reina Adiaha Umo, que en este cuento gobernaba Calabar, tenía la costumbre de preparar grandes fiestas. Invitaba a los animales domésticos y hacía servir comida abundante. A los animales salvajes no los llamaba, porque les tenía miedo.

Para uno de aquellos banquetes dispuso tres mesas largas. Cuando llegaron los invitados, la reina buscó a alguien que pudiera ocuparse del reparto. La vaca era el animal más grande de los presentes, y por eso le dio el lugar principal.

—Siéntate aquí y asegúrate de que todos reciban su parte —le encargó.

La vaca aceptó con gusto. Pronto llegó el primer plato. Fue pasando comida de un invitado a otro, pero no reparó en la mosca, tan pequeña que apenas se distinguía entre los demás.

La mosca esperó. Vio comer a sus vecinos y se acercó un poco más.

—Todavía no me diste mi parte —le dijo a la vaca.

—Ten paciencia, amiga. Quédate tranquila —respondió ella, y siguió repartiendo.

A ras de la mesa, una mosca diminuta levanta las patas delanteras mientras la gran cabeza de la vaca se inclina hacia ella.

La mosca volvió a esperar. Cuando llegó el segundo plato, pensó que esta vez le tocaría. La comida avanzó por la mesa; las porciones fueron desapareciendo. Antes de que se terminaran, la mosca llamó de nuevo a la encargada.

La vaca levantó una pata y señaló su propio ojo.

—Mira aquí. Después vas a tener comida.

De perfil, la vaca levanta una pata y se señala el ojo mientras la mosca vuela frente a ella, sobre fuentes casi vacías.

No le dio nada en ese momento. Llegaron otros platos, hubo idas y vueltas, y la mosca siguió pendiente de una porción que nunca apareció. Finalmente retiraron las fuentes vacías. La fiesta había terminado.

Aquella noche, la mosca se fue a dormir sin cenar. Al día siguiente buscó a la reina y le contó lo ocurrido: había estado invitada, había pedido su parte más de una vez y, aun así, se había quedado sin probar la comida.

De noche, sobre las mesas vacías del patio, una mosca solitaria descansa en el borde de un cuenco vacío.

La reina escuchó la queja. Recordó que le había encargado a la vaca atender a todos y preguntó por el gesto de señalar el ojo.

Su decisión fue extraña y duradera: ya que la vaca había mostrado ese lugar en vez de darle comida, la mosca podría alimentarse allí de entonces en adelante, dondequiera que fuera la vaca.

El cuento termina junto a los animales, lejos de las mesas de la reina. Cuando las moscas se acercan a los ojos de las vacas, dice, todavía están aprovechando aquella sentencia nacida de un banquete en el que alguien había sido demasiado pequeño para recibir su parte.

En un pastizal, tres vacas pastan tranquilas mientras dos moscas pequeñas revolotean cerca de la cara de la más cercana.
Fin

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Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica de la recopilación de Elphinstone Dayrell: un cuaderno, tinta y una pluma ante un río y hojas de palmera.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador

Elphinstone Dayrell

Elphinstone Dayrell reunió los relatos de Folk Stories from Southern Nigeria, publicado en 1910. Trabajaba como funcionario colonial británico y su libro lleva una introducción de Andrew Lang. Esta selección conserva historias de animales, banquetes y transformaciones. La fuente identifica algunos escenarios,...

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Con chicos

La mosca está invitada y pide comida con claridad. No alcanza con estar sentada a la mesa: alguien tiene que escucharla y hacerle lugar en el reparto. La reina reconoce lo ocurrido, pero su solución también puede darnos ganas de discutir. Podemos inventar otras maneras de reparar lo que pasó y compararlas con la del cuento.

  • ¿Qué podría haber hecho la vaca después del primer pedido de la mosca?
  • ¿Te parece que la decisión de la reina arregla el problema? ¿Qué otra decisión imaginarías?

Una mirada adulta

La invitación incluye a la mosca en apariencia, mientras el reparto la deja fuera de la comida. Sus pedidos reciben aplazamientos que mantienen intacta la desigualdad. Al elegir a la vaca, su tamaño se confunde con capacidad para cuidar el reparto. La sentencia vuelve permanente aquello que debía reparar: transforma la desatención de una noche en un daño corporal sin término. La última imagen conserva juntas la exclusión original y la desproporción de su respuesta.

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