Una yaguareté y un chivo se miran con recelo en la casa que construyeron por turnos.

Brasil · Sergipe · Sílvio Romero (1885) · Cuento tradicional

La casa de la yaguareté y el chivo

Cuentos de la colección de Sílvio Romero

4 min de lectura13+ años · edad orientativa
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Una yaguareté quería hacerse una casa. Eligió un lugar y limpió la vegetación. Después se fue.

Un chivo que también buscaba dónde construir encontró aquel terreno despejado.

—¡Qué buen lugar!

Cortó unos postes con horquetas, los clavó y se retiró. Al día siguiente volvió la yaguareté y vio el trabajo nuevo.

—¿Quién me estará ayudando? ¡Debe de ser Dios!

Puso los travesaños y la viga principal del techo. Cuando el chivo regresó, pensó lo mismo y agregó otras vigas. Así siguieron, turnándose sin encontrarse: uno colocaba varas, el otro completaba paredes; una cubría el techo, el otro cerraba los huecos.

En un terreno despejado, un chivo empuja con las patas y los cuernos un poste con horqueta junto a otros ya clavados; en el polvo se ven huellas frescas de yaguareté.

La casa quedó lista. La yaguareté entró, preparó su cama y se instaló. Poco después llegó el chivo.

—Esta casa es mía. Yo puse los postes y buena parte de las paredes.

—Es mía —respondió ella—. Yo limpié el terreno, coloqué travesaños y cubrí el techo.

Discutieron un rato. La yaguareté, que tenía ganas de comérselo, propuso compartirla. El chivo aceptó con miedo y colgó su hamaca bien lejos de la cama de ella.

A la mañana siguiente, su compañera le advirtió:

—Cuando me veas fruncir la frente, ten cuidado. Significa que estoy enojada.

—Y cuando yo sacuda la barba y estornude, más vale que huyas —respondió él—. No será una broma.

La yaguareté salió a buscar comida. Lejos de la casa mató un chivo grande y lo llevó para intimidar a su compañero.

—Prepáralo para comer —le dijo, dejándolo en el suelo.

En la puerta de la choza, la yaguareté mira con frialdad al chivo, que retrocede asustado contra la pared junto a su hamaca.

El chivo pensó que, si podía matar a uno tan grande, con él le resultaría todavía más fácil. Al día siguiente anunció que le tocaba salir a buscar alimento.

En el monte vio a otra yaguareté, grande y robusta. Se puso a cortar lianas. Cuando ella le preguntó para qué las quería, contestó con gravedad:

—Se acerca un diluvio. El mundo se va a acabar. Si quieres salvarte, deja que te ate a un árbol antes de que yo también me asegure.

En el monte, un chivo arranca una liana con los dientes y le habla con gravedad a una yaguareté grande, que lo escucha preocupada mirando el cielo.

La yaguareté eligió un tronco alto y grueso. El chivo la ató con firmeza y, cuando ya no podía soltarse, la mató a golpes. Arrastró el cuerpo hasta la casa y lo dejó delante de su compañera.

—Si quieres, prepárala para comer.

Ahora ella también tenía miedo. Desde entonces, los dos se vigilaban.

Un día el chivo tomaba fresco bajo el alero. Miró a su compañera y vio que tenía la frente arrugada. Se asustó, sacudió la barba y estornudó. Ella recordó la advertencia, saltó de su sitio y huyó. El chivo también salió corriendo.

Frente a la choza, la yaguareté salta asustada hacia un lado y el chivo corre hacia el otro con la barba al viento; los dos miran hacia atrás con miedo.

Y, según cuenta la historia, todavía corre cada uno para su lado.

Fin

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Con chicos

Los dos trabajan bien juntos mientras no saben que se están ayudando. Cuando empiezan a vivir en la casa, interpretan los gestos del otro como amenazas. La intimidación también daña a animales ajenos a la disputa.

  • ¿Qué creen al encontrar el trabajo hecho durante su ausencia?
  • ¿Por qué un estornudo alcanza para que ambos escapen?

Una mirada adulta

La cooperación involuntaria produce una casa; la convivencia consciente la vuelve inhabitable. Las demostraciones de fuerza necesitan víctimas externas y alimentan una lectura hostil de cualquier gesto. El final no corona un vencedor: ambos abandonan lo que construyeron.

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