Un joven campesino camina feliz por un sendero rural con un gran trozo de oro envuelto en un pañuelo sobre el hombro.

Hermanos Grimm · Cuento tradicional

Juan con suerte

Siete años de salario y un camino de trueques

15 min de lectura7+ años · edad orientativa
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Juan había servido a su amo durante siete años. Un día le dijo: —Señor, mi tiempo de servicio terminó. Quisiera volver a casa con mi madre. Págueme lo que me corresponde.

—Me has servido con lealtad y honradez, y tal como fue el servicio será la paga —respondió el amo. Y le dio un trozo de oro tan grande como la cabeza de Juan. Él sacó el pañuelo del bolsillo, envolvió el oro, se lo cargó al hombro y emprendió el camino de regreso.

Iba poniendo un pie delante del otro cuando vio pasar a un jinete que trotaba alegre en un caballo brioso. —¡Ah! —dijo Juan en voz alta—. ¡Qué buena cosa es andar a caballo! Uno va sentado como en una silla, no tropieza con las piedras, no gasta los zapatos y avanza sin darse cuenta.

El jinete lo oyó, se detuvo y le gritó: —¡Eh, Juan! ¿Por qué vas a pie? —No tengo más remedio —contestó Juan—. Tengo que llevar a casa este trozo. Es oro, es verdad, pero pesa tanto que no puedo mantener derecha la cabeza, y me lastima el hombro.

—Te propongo algo —dijo el jinete—: hagamos un cambio. Yo te doy mi caballo y tú me das tu trozo de oro. —Con todo mi corazón —respondió Juan—, pero te advierto que vas a tener que arrastrarte con él.

El jinete desmontó, tomó el oro y ayudó a Juan a subir. Le puso las riendas bien firmes en las manos y le dijo: —Si quieres ir rápido de verdad, chasquea la lengua y grita: «¡Arre, arre!».

Juan, ya montado en el caballo, toma las riendas sonriente mientras el jinete sostiene bajo el brazo el oro envuelto en el pañuelo.

Juan estaba feliz sobre el caballo y se alejó muy orgulloso. Al poco rato pensó que podía ir más rápido, chasqueó la lengua y gritó: «¡Arre, arre!». El caballo se lanzó a un trote veloz y, antes de que Juan entendiera qué pasaba, lo arrojó de la silla. Juan quedó tendido en la zanja que separaba el campo del camino. El caballo se habría escapado si no lo hubiera detenido un campesino que venía por el camino arreando una vaca.

Juan cae de espaldas en una zanja mientras un campesino sujeta al caballo en el camino, junto a su vaca.

Juan se levantó como pudo, pero estaba de mal humor, y le dijo al campesino: —Mala broma es esto de andar a caballo, sobre todo con un animal como este, que patea y lo tira a uno al suelo. Uno podría romperse el cuello. No vuelvo a montarlo nunca. Tu vaca, en cambio, sí que me gusta: uno camina tranquilo detrás de ella y además tiene leche, mantequilla y queso todos los días. ¡Qué no daría yo por una vaca así!

—Bueno, si tanto te gusta, te cambio la vaca por el caballo —dijo el campesino. Juan aceptó encantado. El campesino montó de un salto y se fue a toda prisa.

Juan siguió arreando la vaca con calma y pensando en su buen negocio: «Con tal de tener un pedazo de pan, y eso no me va a faltar, puedo comer mantequilla y queso cuantas veces quiera. Si tengo sed, ordeño la vaca y bebo leche. ¿Qué más puedo pedir?».

Cuando llegó a una posada, se detuvo y, de puro contento, se comió todo lo que llevaba: el almuerzo y la cena. Con las últimas monedas que le quedaban pidió medio vaso de cerveza. Después siguió arreando la vaca hacia la aldea de su madre.

Cerca del mediodía el calor se volvió agobiante, y Juan llegó a un páramo que se tardaba casi una hora en cruzar. Tenía tanto calor y tanta sed que la lengua se le pegaba al paladar. «Esto tiene remedio», pensó. «Ordeñaré la vaca y me refrescaré con la leche». La ató a un árbol seco y, como no tenía cubo, puso debajo su gorra de cuero. Pero por más que lo intentó, no salió ni una gota. Y como lo hacía con torpeza, el animal perdió la paciencia y le dio una coz en la cabeza con la pata trasera. Juan cayó al suelo y por un buen rato no supo dónde estaba.

En un páramo seco, la vaca atada a un árbol seco lanza una coz y Juan cae de espaldas; su gorra vacía quedó en el suelo.

Por suerte, en ese momento pasó un carnicero que empujaba una carretilla con un cerdito dentro. —¿Qué clase de broma es esta? —exclamó, y ayudó al buen Juan a levantarse. Juan le contó lo sucedido. El carnicero le ofreció su cantimplora y le dijo: —Toma un trago y repón fuerzas. Esa vaca no va a dar leche: es un animal viejo. Como mucho sirve para tirar del arado o para el matadero.

—Vaya, vaya —dijo Juan, alisándose el pelo—. ¿Quién lo hubiera pensado? Claro que es bueno tener en casa un animal así para el matadero: ¡cuánta carne! Pero a mí la carne de vaca no me gusta mucho; no es bastante jugosa. Un cerdito como ese, en cambio, eso sí que vale la pena: tiene otro sabor, ¡y además están los embutidos!

—Escucha, Juan —dijo el carnicero—: por el aprecio que te tengo, te hago el cambio y te dejo el cerdo por la vaca. —¡Que Dios te pague tu bondad! —dijo Juan, y le entregó la vaca. El carnicero desató el cerdito de la carretilla y le puso en la mano la cuerda con que estaba atado.

El carnicero le entrega a Juan la cuerda de un cerdito y toma la soga de la vaca, junto a una carretilla de madera.

Juan siguió andando y pensaba que todo le salía como deseaba: si tenía algún disgusto, enseguida se arreglaba. Al rato se le unió un muchacho que llevaba bajo el brazo una hermosa oca blanca. Se dieron los buenos días, y Juan empezó a contarle su buena suerte y los buenos tratos que había hecho. El muchacho le contó que llevaba la oca a la fiesta de un bautizo. —Levántala —le dijo, y la sostuvo por las alas—. ¡Mira cuánto pesa! La engordaron durante ocho semanas. Quien pruebe un bocado cuando esté asada tendrá que limpiarse la grasa de los dos lados de la boca. —Sí —dijo Juan, sopesándola con una mano—, pesa bastante, pero mi cerdo tampoco es poca cosa.

Mientras tanto, el muchacho miraba con recelo hacia un lado y hacia el otro, y movía la cabeza. —Oye —dijo por fin—, puede que con tu cerdo no esté todo en orden. En el pueblo por el que pasé acaban de robarle uno de la pocilga al mismísimo alcalde. Me temo, me temo que es ese que llevas. Mandaron gente a buscarlo, y sería un mal asunto que te encontraran con él: como mínimo te encerrarían en el calabozo.

Un muchacho con una oca bajo el brazo le susurra algo a Juan, que sostiene asustado la cuerda del cerdito.

El buen Juan se asustó. —¡Dios mío! —dijo—. Sácame de este apuro; tú conoces esta zona mejor que yo. Llévate mi cerdo y déjame tu oca. —Me arriesgo bastante, pero no quiero que por mi culpa te metas en problemas —respondió el muchacho. Tomó la cuerda y se llevó el cerdo a toda prisa por un sendero apartado.

El buen Juan, libre de preocupaciones, siguió hacia su casa con la oca bajo el brazo. «Si lo pienso bien», se dijo, «hasta salí ganando con el cambio. Primero, el buen asado; después, toda la grasa que va a soltar, que me alcanzará para untar el pan durante tres meses; y por último, las hermosas plumas blancas. Haré que me rellenen la almohada con ellas, y dormiré sin necesidad de que nadie me arrulle. ¡Qué contenta se pondrá mi madre!».

Al atravesar la última aldea vio a un afilador con su carretilla. Mientras la rueda zumbaba, él cantaba: «Afilo tijeras sin perder el compás, y el viento me infla el abrigo por detrás».

Juan se detuvo a mirarlo y al fin le habló: —Debe de irte muy bien, porque afilas con mucha alegría. —Así es —contestó el afilador—: este oficio tiene una base de oro. Un buen afilador es un hombre que encuentra dinero cada vez que se mete la mano en el bolsillo. Pero ¿dónde compraste esa oca tan hermosa?

—No la compré: la cambié por mi cerdo. —¿Y el cerdo? —Lo conseguí a cambio de una vaca. —¿Y la vaca? —La recibí por un caballo. —¿Y el caballo? —Por él di un trozo de oro tan grande como mi cabeza. —¿Y el oro? —Ese era mi salario por siete años de servicio.

—Cada vez has sabido cuidar tus intereses —dijo el afilador—. Si ahora consigues oír el dinero sonando en el bolsillo cada vez que te levantas, habrás hecho fortuna. —¿Y cómo lo logro? —preguntó Juan. —Tienes que ser afilador, como yo. No hace falta mucho más que una piedra de afilar; lo demás viene solo. Aquí tengo una. Está un poco gastada, es cierto, pero no tienes que darme nada a cambio, salvo tu oca. ¿Aceptas?

—¿Cómo puedes preguntarlo? Seré el hombre con más suerte del mundo. Si tengo dinero cada vez que meto la mano en el bolsillo, ¿de qué voy a preocuparme? —respondió Juan. Le entregó la oca y recibió a cambio la piedra de afilar. —Y ahora —dijo el afilador, levantando una piedra común y pesada que tenía al lado—, te doy además esta piedra fuerte. Sobre ella puedes martillar bien y enderezar tus clavos viejos. Llévatela y cuídala.

En la plaza de una aldea, Juan abraza una piedra de afilar mientras el afilador sostiene la oca y apoya la mano sobre una piedra pesada que está en su carretilla.

Juan cargó con las dos piedras y siguió su camino con el corazón contento; los ojos le brillaban de alegría. —Debo de haber nacido con estrella —exclamó—. Todo lo que deseo me sucede, como si fuera un niño nacido en domingo.

Pero como andaba desde el amanecer, empezó a sentirse cansado. También lo atormentaba el hambre, porque, de tanta alegría por el trato de la vaca, se había comido de una vez todas sus provisiones. Al final apenas podía avanzar y tenía que detenerse a cada momento; además, las piedras le pesaban muchísimo. No podía dejar de pensar en lo bueno que sería no tener que cargarlas justo entonces.

Se arrastró como un caracol hasta un pozo que había en un campo. Allí pensaba descansar y refrescarse con un trago de agua fresca. Para no dañar las piedras al sentarse, las dejó con cuidado a su lado, sobre el borde del pozo. Luego se sentó y se inclinó para beber, pero resbaló, empujó las piedras y las dos cayeron al agua.

Cuando Juan las vio con sus propios ojos hundirse hasta el fondo, saltó de alegría. Después se arrodilló y, con lágrimas en los ojos, dio gracias a Dios por haberle concedido también ese favor: lo había librado de un modo tan bueno, y sin que tuviera nada que reprocharse, de aquellas piedras pesadas, que eran lo único que lo molestaba.

Juan, de rodillas junto a un pozo de piedra, mira al cielo con lágrimas de alegría mientras el agua forma ondas.

—¡No hay bajo el sol un hombre con tanta suerte como yo! —exclamó. Y con el corazón ligero y libre de toda carga, siguió corriendo hasta llegar a casa de su madre.

Al atardecer, Juan corre con los brazos abiertos y las manos vacías hacia una casita, donde su madre lo espera en la puerta con los brazos abiertos.
Fin

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Con chicos

Juan empieza el viaje con un trozo de oro y lo cambia por un caballo, una vaca, un cerdo, una oca y unas piedras. Cada vez cree que ganó, aunque lo que lleva vale menos. Cuando las piedras caen al pozo, no se pone triste: se siente libre. Puedes seguir sus cambios uno por uno y pensar si Juan perdió o ganó al final.

  • ¿Cuál de los cambios de Juan te parece el más sorprendente y por qué?
  • ¿Por qué crees que Juan llega tan contento a casa de su madre aunque ya no tiene nada?
  • ¿Qué le dirías a Juan cuando el muchacho le cuenta la historia del cerdo robado?

Una mirada adulta

Casi cada trueque responde a la incomodidad del momento: el oro pesa, el caballo lo tira, la vaca no da leche y el cerdo parece peligroso; la oca la entrega por la promesa de tener siempre dinero, y las piedras, que lo agotan, no las cambia: caen al pozo. Juan nunca mide el valor de las cosas; mide el alivio o la dicha que le prometen. Por eso el relato admite dos lecturas que conviven: la burla del ingenuo del que todos se aprovechan y la sabiduría de quien no confunde la carga con la riqueza. El final no castiga a Juan ni lo corrige; lo deja llegar a casa sin nada y con alegría, y deja al lector la pregunta de cuál de las dos cuentas importa más.

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