El guardián divide la última moneda de plata entre dos montones iguales ante el anciano de barba blanca.

Estonia · tradición y elaboración literaria histórica · Cuento tradicional

El valiente guardián del granero

La última moneda

17 min de lectura16+ años · edad orientativa
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Había una vez un guardián de granero a quien pocos igualaban en valentía. Hasta Vana Pois, el Viejo Muchacho al que el relato presenta como un diablo fácil de engañar, admitía que no había visto otro tan audaz. Después de que los trilladores terminaban el trabajo, solía ir a visitarlo y pasaba largas veladas conversando.

El visitante creía que su anfitrión lo tomaba por un campesino cualquiera. El guardián lo había reconocido, pero fingía no saber quién era. Incluso pensaba darle un buen par de golpes en las orejas si encontraba la ocasión.

Una noche, Vana Pois empezó a lamentarse de la vida de soltero. No tenía a nadie que le tejiera medias o le cosiera un pañuelo.

—¿Por qué no buscas esposa? —le preguntó el guardián.

—Lo intenté muchas veces. No me quieren. Cuanto más jóvenes y bonitas son, más se ríen de mí.

El guardián le aconsejó buscar una mujer mayor que no se hubiera casado o una viuda: según él, serían más fáciles de conquistar. El otro siguió el consejo y, unas semanas después, se casó. Pero pronto volvió a quejarse. Decía que su mujer lo atormentaba día y noche y no le daba descanso.

—¿Qué clase de hombre eres si dejas que ella mande? —se burló el guardián—. Si te casas, tienes que ser el dueño de la casa.

—No puedo manejarla. Si quiere meter a otra persona, ni siquiera me atrevo a entrar.

El guardián intentó consolarlo y le sugirió probar suerte en otra parte. Vana Pois respondió que una experiencia le bastaba: no quería volver a ponerse bajo el dominio de una mujer.

Sin embargo, al otoño siguiente, cuando empezó otra vez la trilla, regresó con nuevas penas. El guardián notó que algo le pasaba y esperó sin preguntar. Pronto oyó toda la historia. Durante el verano había conocido a una viuda joven, de voz tan suave como una paloma. Volvió a pensar en casarse y lo hizo. En la casa, según contaba, descubrió a una mujer de carácter feroz que habría querido sacarle los ojos. Había tenido suerte de escapar.

—Está claro que no sirves como marido —dictaminó el guardián—. No tienes valor para dominar a una esposa.

Vana Pois lo admitió. Después de seguir hablando de mujeres y matrimonios, cambió de asunto.

—Si eres tan valiente como dices, puedo mostrarte algo más provechoso que dominar a una mujer. ¿Conoces el castillo en ruinas sobre la montaña? Guarda un tesoro desde hace muchísimo tiempo. Nadie pudo sacarlo porque a todos les faltó coraje.

En un granero de troncos, un hombre de rostro astuto señala por la ventana un castillo lejano mientras el guardián lo escucha sonriendo.

—Si solo hace falta coraje, ya lo tengo en el bolsillo —respondió el guardián, sonriendo.

El visitante le indicó que fuera el jueves siguiente, de noche, con luna llena. También le hizo una advertencia: no debía sentir el menor miedo ni permitir que le temblara un músculo. Si flaqueaba, perdería el tesoro y quizá también la vida, como otros antes que él. Podía preguntar en cualquier granja: muchos habían oído historias del castillo y algunos afirmaban haber visto cosas con sus propios ojos.

El jueves por la mañana, el guardián se puso en camino. No tenía miedo, pero quiso saber más. Entró en una posada y preguntó quién había construido aquel castillo y cómo había quedado destruido. Un campesino anciano oyó la pregunta y le contó lo que se decía.

Siglos atrás había vivido allí un señor riquísimo, dueño de grandes tierras y de mucha gente sometida a su poder. Gobernaba con mano de hierro y reunía riquezas a costa del sudor y de la sangre de sus súbditos. El oro y la plata entraban por toneles; él los guardaba en sótanos profundos, a salvo de ladrones.

Nadie sabía con certeza cómo había terminado. Una mañana, los criados encontraron vacía su cama. En el piso había tres gotas de sangre y, sobre el dosel, un enorme gato negro que nadie había visto antes y que no volvió a aparecer. Se creía que era un espíritu maligno, un kuri vaim, que había tomado esa forma para estrangular al señor y llevarlo a Põrgu a pagar sus crímenes.

Los parientes llegaron enseguida para apoderarse de la fortuna, pero no encontraron ni una moneda. Acusaron a los sirvientes y los llevaron a juicio. Como eran inocentes, ni siquiera bajo tortura pudieron obtener de ellos una confesión verdadera. Entretanto, por las noches se oía un tintineo de dinero debajo de la tierra. Las autoridades investigaron, comprobaron el ruido y dejaron libres a los criados.

Muchas personas buscaron después el tesoro. Nadie que entrara en las cavernas regresó. Se decía que la misma fuerza que se había llevado al dueño atrapaba a los buscadores. Al final todos abandonaron el castillo. La lluvia y el viento derribaron el techo y las paredes. Ya nadie se atrevía siquiera a pasar la noche cerca.

—Me gustaría probar —dijo el guardián, medio en broma—. ¿Quién viene conmigo?

Los presentes se persignaron. Preferían conservar la vida antes que ganar todos los tesoros del mundo. Le suplicaron que retirara sus palabras y no comprometiera el alma. Él no cambió de idea. Al anochecer pidió al posadero un atado de astillas de pino para alumbrarse y preguntó por el camino más corto.

En una posada de troncos, el guardián recibe un atado de astillas mientras varios campesinos asustados se persignan.

Uno de los campesinos, algo más animoso, lo acompañó un trecho con una linterna. Después siguió solo. Las nubes cubrían el cielo y tuvo que avanzar a tientas. El viento silbaba y los búhos chillaban, sin lograr asustarlo. Al llegar se refugió junto a los muros, encendió una astilla y empezó a buscar una entrada.

Encontró un hueco al pie de una pared. Puso la luz en una grieta y apartó tierra y escombros con las manos hasta poder arrastrarse hacia adentro. Después de un trecho llegó a una escalera de piedra, donde ya podía ponerse de pie. Bajó con el atado al hombro y una astilla encendida en la mano, hasta alcanzar una puerta de hierro sin llave.

De noche, el guardián aparta escombros de un hueco al pie de un muro en ruinas, alumbrado por una astilla encendida.

La empujó. Un gran gato negro de ojos ardientes salió disparado y subió las escaleras.

—Ese debe de ser el que estranguló al señor —pensó el guardián.

Cerró detrás de sí y miró el lugar. Era un salón grande con doce puertas. Decidió probar la séptima, porque consideraba afortunado ese número. Estaba cerrada, pero empujó con tanta fuerza que cedió la cerradura oxidada.

Entró en una habitación mediana. Había una mesa, un banco, una estufa y un montón de leña junto al hogar. Encendió fuego y encontró una ollita, un recipiente con harina y un salero.

—¡Mira qué bien! Yo traje agua. Voy a prepararme unas gachas calientes.

Mezcló harina, agua y sal. Revolvió con un pedacito de madera y dejó hervir la preparación. Después la volcó en el recipiente, se sentó a la mesa y empezó a comer. El fuego iluminaba lo suficiente: ya no necesitaba otra astilla.

Al levantar los ojos vio al gato negro sentado sobre la estufa. No entendía cómo había vuelto, si lo había visto subir por la escalera. Enseguida sonaron tres golpes en la puerta que hicieron temblar el piso y las paredes.

—¡Que entre cualquiera que tenga la cabeza sobre los hombros! —gritó.

La puerta se abrió de golpe. El gato saltó y salió por ella, lanzando chispas por los ojos y la boca. Detrás entraron cuatro hombres altos, de largos abrigos blancos y gorros color de llama. Los gorros daban tanta luz que la habitación parecía iluminada por el día. Llevaban sobre los hombros unas andas con un ataúd.

Cuatro hombres altos de abrigo blanco y gorros luminosos entran con un ataúd mientras el guardián los mira desde la mesa.

Lo dejaron en el suelo sin hablar y salieron uno tras otro. La puerta volvió a cerrarse. Del otro lado, el gato arañaba y gemía para entrar. El guardián siguió comiendo hasta quedar satisfecho.

Entonces se acercó al ataúd y rompió la tapa. Adentro había un hombre pequeño de larga barba blanca. Lo levantó y lo llevó junto al fuego para calentarlo. Al rato el anciano empezó a mover manos y pies. El guardián buscó la olla y la cuchara y le dio de comer.

Junto al fuego, el guardián da de comer con una cuchara a un anciano de larga barba blanca que empieza a reanimarse.

—Gracias, hijo —dijo el viejo—. Tuviste compasión de un pobre ser helado y hambriento. Voy a recompensarte de una manera que no olvidarás en toda tu vida. Detrás de la estufa hay antorchas de brea. Enciende una y sígueme. Antes asegura la puerta: si entra ese gato furioso, puede romperte el cuello. Después lo dejaremos tan quieto que no vuelva a dañar a nadie.

Levantó una trampilla cuadrada del piso, de unos tres pies de ancho, y dejó al descubierto otra escalera. Bajó primero; el guardián lo siguió con la antorcha hasta una caverna profundísima, de techo abovedado.

Por una escalera de piedra estrecha bajan el anciano, que hace señas, y el guardián con una antorcha encendida.

En el centro había un montón de monedas grande como una parva: la mitad era de oro y la mitad de plata. El anciano abrió un armario y sacó velas de cera, tres botellas de vino, un jamón ahumado y un pan.

—Tienes tres días para contar y separar este dinero. Haz dos montones exactamente iguales, sin que sobre nada. Mientras trabajas voy a dormir junto a la pared. Cuidado con equivocarte: si cometes el menor error, te estrangulo.

El guardián se puso a trabajar y el viejo se acostó. Para no confundirse, tomaba siempre dos monedas iguales: dos táleros, dos rublos, dos piezas de oro o dos de plata. Ponía una a la derecha y otra a la izquierda. Cuando sentía cansancio, bebía un poco, comía pan y jamón y volvía al trabajo. Por la noche durmió apenas un rato.

Al atardecer del segundo día ya había terminado. Solo quedaba una pequeña moneda de plata, sin pareja. No se inquietó. Sacó su cuchillo, apoyó el filo en el centro de la moneda y golpeó el lomo con una piedra. La partió en dos y puso una mitad en cada montón.

Despertó al anciano para que revisara. Al ver las dos mitades, el viejo dio un grito de alegría, lo abrazó y le acarició las mejillas.

—¡Mil gracias, y otras mil! Me liberaste de un cautiverio larguísimo. Durante siglos tuve que vigilar este dinero porque nadie reunía el valor y el juicio necesarios para repartirlo sin sobrantes. Un juramento me obligaba a estrangular a quienes fallaban. Como nadie regresaba, hace doscientos años que nadie se animaba a venir, aunque yo hacía sonar las monedas todas las noches. Ya creía que iba a quedarme para siempre.

Le entregó al guardián uno de los montones como recompensa. El otro debía repartirse entre los pobres, para reparar sus pecados: él era el antiguo señor del castillo y reconocía haber sido un hombre cruel y corrompido.

—Todavía falta una cosa, por tu bien y por el mío. Al subir, si encuentras al gato en la escalera, atrápalo y cuélgalo. Con este lazo no podrá escapar.

Sacó del pecho una cadena trenzada con finos hilos de oro, gruesa como un cordón de zapato. Se la dio y desapareció como si se hubiera hundido en el suelo. Un estruendo terrible hizo pensar al guardián que la tierra se abría debajo de sus pies. La luz se apagó. Quedó en completa oscuridad.

Tampoco entonces perdió el valor. Buscó a tientas la escalera y subió hasta la habitación donde había cocinado. El fuego estaba apagado, pero encontró brasas entre las cenizas y sopló hasta levantar una llama. El ataúd seguía allí. Dentro dormía ahora el gato negro.

Lo sujetó por la cabeza, le pasó la cadena alrededor del cuello y lo colgó de un clavo de hierro firme en la pared. Después se acostó en el suelo a descansar.

A la mañana siguiente salió de las ruinas y volvió a la posada. El dueño no podía creer que hubiera regresado ileso. El guardián le pidió varias docenas de sacos, capaces de llevar una gran carga, y caballos para transportar su tesoro. Prometió pagar bien. El posadero comprendió que la aventura había dado fruto y consiguió lo necesario.

En el patio de la posada, el guardián carga sacos repletos sobre caballos mientras el posadero lo mira asombrado.

Antes de repartir la mitad destinada a los pobres, el guardián averiguó qué tierras habían pertenecido al antiguo señor. Reservó un tercio de esa mitad para los habitantes necesitados de aquel territorio. Entregó los otros dos tercios a las autoridades locales para que los distribuyeran.

En una aldea de casas de troncos, el guardián entrega monedas de plata a una anciana mientras una familia pobre espera.

Con su propia parte se fue a un país lejano donde nadie lo conocía. Allí se estableció. Sus descendientes, cuenta la historia, siguieron viviendo con riqueza y recordando el valor del antepasado que había sacado el tesoro.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

El guardián responde de maneras distintas a quienes encuentra: se burla del visitante, alimenta al anciano y se concentra en una tarea difícil. La moneda que sobra no se resuelve con más fuerza contra un enemigo, sino pensando cómo dividirla. La propuesta corresponde a lectores de la edad indicada: las muertes y el maltrato del relato no son juegos para imitar.

  • ¿Qué hace el guardián antes de saber que el anciano puede recompensarlo?
  • ¿Por qué importa tanto que no sobre ni una sola moneda?

Una mirada adulta

La bravura aparece primero en una conversación de dominio masculino que el relato no somete a crítica, y luego se convierte en capacidad de cuidado y cálculo. La fortuna del señor proviene de la explotación; repartir una parte entre los pobres introduce una reparación, aunque otra mitad premie al rescatador. Vana Pois y el espíritu del gato cumplen funciones distintas y no deben confundirse. El reparto final vuelve concreta una obligación que podría haber quedado reducida a palabras.

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