Kõu sopla el instrumento del trueno y la lluvia vuelve a caer sobre la tierra sedienta.

Estonia · tradición y elaboración literaria histórica · Cuento tradicional

El hijo del dios del trueno

Un instrumento detrás de siete cerraduras

12 min de lectura14+ años · edad orientativa
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El hijo del dios del Trueno hizo un trato con el Diablo: durante siete años, este lo serviría fielmente y cumpliría todo lo que le pidiera. Cuando terminara ese tiempo, recibiría como pago el alma de su patrón.

El Diablo trabajó sin protestar. No rehusaba las tareas más duras ni se quejaba si comía mal: conocía la recompensa que lo esperaba. Pasaron seis años y comenzó el séptimo. El hijo del Trueno, sin embargo, no tenía ninguna gana de entregar su alma. Desde el principio había preparado una trampa: en lugar de firmar con su propia sangre, había usado sangre de gallo. Su adversario, corto de vista, no había advertido la diferencia. Aquel contrato que creía tan firme era mucho menos seguro de lo que suponía.

El joven seguía buscando una salida cuando un día apareció en el cielo una nube negra que anunciaba una tormenta violenta. El Diablo se apresuró a esconderse bajo tierra, en un refugio que había hecho debajo de una piedra.

—Ven, hermano —le dijo al muchacho—. Hazme compañía hasta que pase.

—¿Qué me prometes a cambio?

El Diablo no quiso discutir negocios con la tormenta a punto de estallar. Ya hablarían abajo. El hijo del Trueno lo siguió, pensando que aquel miedo podía darle la oportunidad que buscaba.

La tempestad duró mucho tiempo. Cada trueno hacía temblar las rocas y sacudía la tierra. El Diablo se tapaba los oídos con los puños y apretaba los ojos. Le corría un sudor frío por el cuerpo; temblaba tanto que no podía decir una palabra.

Bajo una gran roca, el Diablo se tapa los oídos y aprieta los ojos con miedo mientras el joven lo observa sereno; afuera cae un relámpago.

Cuando llegó la calma, por la tarde, consiguió hablar.

—Si tu viejo no hiciera semejante ruido de vez en cuando, yo podría llevarme bastante bien con él. Sus flechas no pueden alcanzarme bajo tierra. Pero ese estruendo me saca de quicio. Daría una gran recompensa a quien me librara de él.

—Lo mejor sería robarle el instrumento del trueno —respondió el joven.

—Lo haría si fuera posible. Pero Kõu lo vigila de día y de noche. ¿Cómo quieres que se lo saque?

El hijo insistió en que podía hacerse. El Diablo acabó por pedirle ayuda.

—Te ayudo con una condición: renuncia a mi alma.

—¡Quédate con ella! —exclamó el otro, encantado—. Con tal de librarme de esa angustia, no la necesito.

El muchacho explicó su plan. Debían esperar a que otra tormenta agotara a su padre lo suficiente para hacerlo dormir profundamente. Normalmente Kõu dormía con los ojos abiertos, como las liebres.

Al tiempo llegó una tempestad larga y violenta. Los dos volvieron a esconderse bajo la piedra. El Diablo estaba tan aturdido que no podía entender lo que le decía su compañero. Solo al caer la tarde salieron y subieron a una montaña alta. Allí cargó al joven sobre los hombros y empezó a estirarse por arte de magia, cada vez más arriba, mientras cantaba:

En la cima de una montaña, el Diablo se estira hasta las nubes con el joven sentado sobre sus hombros.

«Más arriba, hermano, más arriba, más cerca de la tierra de las nubes».

Creció hasta alcanzar el borde de las nubes. El hijo asomó la cabeza y vio a Kõu dormido, con la cabeza apoyada en una almohada de nubes y la mano derecha sobre el instrumento. No podía retirarlo sin despertarlo.

Se deslizó desde el hombro de su compañero y avanzó silenciosamente, como un gato. Sacó un piojo de detrás de su propia oreja y lo puso sobre la nariz de su padre. Kõu levantó la mano para rascarse. En ese instante, el joven tomó el instrumento y saltó de vuelta a la espalda del Diablo.

Sobre las nubes, Kõu duerme y levanta la mano hacia la nariz mientras su hijo le retira con cuidado el largo instrumento de madera.

Su compañero bajó la montaña como si lo persiguieran llamas. No se detuvo hasta llegar a Põrgu, la morada infernal. Guardó el objeto en una cámara de hierro protegida por siete cerraduras, agradeció la ayuda y abandonó todo derecho sobre el alma del muchacho.

Pero el hijo del Trueno no había previsto lo que iba a pasar en el mundo. Sin aquel instrumento, las nubes dejaron de dar una sola gota de agua. La tierra se secó y todo empezó a marchitarse.

—Si por mi imprudencia traje esta desgracia —pensó—, tengo que intentar repararla.

El joven sostiene tierra seca en la mano frente a un campo marchito, bajo un cielo sin nubes.

Viajó al norte, hasta los límites de Finlandia, donde vivía un hechicero famoso. Le contó lo ocurrido y le dijo dónde estaba escondido el instrumento.

—Primero hay que avisarle a tu padre —respondió el hechicero—. Él sabrá encontrar la manera de recuperarlo.

Envió al Águila del Norte con el mensaje. A la mañana siguiente, Kõu en persona fue a agradecerle la noticia. Después se transformó en un muchacho y se ofreció como ayudante de verano a un pescador. Sabía que el Diablo visitaba a menudo el lago para conseguir peces y esperaba encontrarlo allí.

Bajo aquella apariencia se llamaba Pikker. Vigiló las redes de día y de noche, pero tardó un tiempo en ver al enemigo. Al pescador le pasaba algo extraño: dejaba las redes llenas durante la noche y a la mañana siguiente alguien las había vaciado. El ayudante sabía quién era el ladrón, pero prefirió esperar hasta poder mostrárselo.

Una noche de luna salieron en bote a revisar las redes. Miraron por el costado y vieron, bajo el agua, al Diablo sacando peces de las mallas y metiéndolos en una bolsa que llevaba al hombro.

Desde un bote, de noche, el pescador y su ayudante miran al Diablo que saca peces de la red bajo el agua.

Al día siguiente, el pescador fue a ver a un hechicero célebre. Le pidió que hiciera caer al ladrón en la red y que lo mantuviera atrapado hasta que él autorizara su liberación. Así se hizo. La próxima vez que levantaron la red, sacaron al Diablo y lo arrastraron a tierra.

El pescador y su ayudante arrastran a la orilla una red en la que el Diablo quedó enredado.

El pescador y su ayudante empezaron a golpearlo. El primero descargaba su palo sin preocuparse por dónde caían los golpes. El prisionero no podía escapar del encantamiento. Pronto estuvo en un estado lastimoso, pero ellos no se compadecieron: descansaron un rato y reanudaron la paliza.

Las súplicas no sirvieron. Al final, el Diablo ofreció la mitad de todos sus bienes si lo soltaban. El pescador siguió hasta quedarse sin fuerzas para levantar el palo. Después de una larga discusión acordaron liberarlo con ayuda del hechicero y acompañarlo para recibir el pago. El Diablo, seguramente, esperaba darle la vuelta a la situación con alguna trampa.

En Põrgu prepararon un banquete que duró una semana. No faltó comida ni bebida. El anfitrión mostró sus tesoros y encargó a sus músicos las mejores interpretaciones. Una mañana Pikker le hizo una recomendación al pescador.

—Si hoy vuelven a agasajarte, pide que te muestren el instrumento de la cámara de hierro, el que está detrás de siete cerraduras.

En medio de la fiesta, cuando los invitados ya habían bebido bastante, el pescador hizo el pedido. El Diablo aceptó con gusto. Fue a buscar el instrumento y trató de tocarlo. Sopló con toda su fuerza y movió los dedos por el tubo, pero solo consiguió chillidos: sonaba como un gato al que tiran de la cola o como un cerdito usado de señuelo en una cacería de lobos.

El pescador se rio.

—No te esfuerces tanto. Está claro que nunca vas a ser músico. Mi ayudante lo haría mejor.

En un gran salón con antorchas, el Diablo sopla con esfuerzo el instrumento mientras el pescador se ríe y el joven ayudante observa.

—¿Ah, sí? —respondió el Diablo—. ¿Piensas que esto es una flautita, un juego de chicos? Prueba. Si tú o tu muchacho consiguen sacar una melodía, dejo de ser príncipe del infierno.

Le entregó el instrumento a Pikker. El joven lo acercó a la boca y sopló. Las paredes de Põrgu se sacudieron. El Diablo y todos sus compañeros cayeron sin sentido, como muertos.

En lugar del muchacho estaba ahora el viejo dios del Trueno. Se volvió hacia el pescador.

En el salón sacudido por el estruendo, el viejo dios del Trueno sostiene el instrumento mientras los diablos yacen aturdidos en el suelo.

—Gracias por tu ayuda. De ahora en adelante, cada vez que oigas mi instrumento entre las nubes, tus redes estarán llenas de peces.

Partió hacia su morada. En el camino lo esperaba su hijo, que cayó de rodillas, confesó su falta y le pidió perdón.

—La ligereza humana se enfrenta muchas veces con la sabiduría del cielo —le dijo Kõu—. Agradece que pude recuperar el poder de borrar el sufrimiento que tu imprudencia causó.

En un camino del bosque, el joven se arrodilla con la cabeza baja ante su padre, que lo mira con severidad.

Se sentó sobre una piedra y sopló el instrumento hasta abrir las puertas de la lluvia. La tierra sedienta pudo beber por fin. Después tomó a su hijo a su servicio. Todavía viven juntos, concluye la historia.

Fin

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Con chicos

El joven consigue librarse de su deuda, pero descubre que su solución perjudicó a toda la tierra. Para reparar el daño tiene que contar lo que hizo. Después, su padre también usa un disfraz y una trampa. Seguir quién sabe cada secreto ayuda a comprender por qué el Diablo entrega el instrumento al ayudante.

  • ¿En qué momento cambia lo que busca el hijo del Trueno?
  • ¿Qué información necesita el pescador para ayudar a recuperar el instrumento?

Una mirada adulta

Las astucias no se distribuyen entre personajes simplemente buenos y malos. El pacto se firma con engaño; su ruptura provoca una sequía; la restitución depende de magia, violencia y una nueva provocación. El reconocimiento de responsabilidad no borra la golpiza ni la desproporción de las fuerzas. El poema de ascenso y el sonido final forman extremos sonoros de la pérdida y recuperación del trueno.

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