Una princesa se acerca a una rana y una pelota de oro junto a un pozo.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

El rey rana

La promesa junto al pozo

6 min de lectura12+ años · edad orientativa
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En los tiempos en que los deseos todavía podían cambiar las cosas, una princesa acostumbraba jugar junto a un pozo, a la sombra de un tilo. Su juguete preferido era una pelota de oro. La arrojaba al aire y la atrapaba mientras el agua, allá abajo, permanecía quieta y oscura.

Una tarde la pelota cayó fuera de sus manos, rodó sobre la piedra y desapareció en el pozo. La princesa se arrodilló, pero no podía ver el fondo. Empezó a llorar.

La princesa se inclina sobre el borde del pozo y mira el agua oscura donde cayó su pelota de oro.

—¿Qué te pasa? —preguntó una voz.

Era una rana que asomaba la cabeza entre las plantas del borde. La princesa le contó lo ocurrido.

—Puedo buscarla —dijo la rana—. ¿Qué me darías a cambio?

—Lo que quieras: mis vestidos, mis joyas, hasta mi corona.

—No me interesan esas cosas. Quiero ser tu compañera, sentarme a tu mesa, comer de tu plato y dormir en tu cama.

La princesa le ofrece su corona y su collar de perlas a una rana sentada en el borde del pozo.

La princesa deseaba tanto recuperar la pelota que aceptó. En realidad pensó que una rana jamás podría seguirla hasta el palacio. La rana se sumergió y, al rato, reapareció con la pelota en la boca. La dejó sobre la hierba. La princesa la recogió y salió corriendo.

—¡Espérame! —croó la rana—. ¡No puedo correr como tú!

Pero la princesa ya se había ido.

La princesa corre por el prado hacia el palacio con la pelota, mientras la rana se queda sola junto al pozo.

Al día siguiente, durante la cena, se oyeron pequeños golpes húmedos en la escalera de mármol. Después alguien llamó a la puerta.

—Princesa, ábreme.

Ella se levantó, vio a la rana y cerró de golpe. Su padre notó el susto y le pidió una explicación. La princesa contó lo de la pelota y la promesa.

La princesa cierra la puerta, asustada, al ver a la rana en el umbral; el rey la observa desde la mesa.

—Lo prometiste —dijo el rey—. Ahora déjala entrar.

La rana avanzó hasta su silla. Pidió que la levantaran, luego quiso subir a la mesa y por fin reclamó el plato de oro. La princesa obedeció por orden de su padre, aunque apenas pudo tragar un bocado. La rana, en cambio, comió con excelente apetito.

La rana come del plato de oro mientras la princesa baja la mirada y el rey levanta la mano con gesto severo.

Cuando terminó, anunció que estaba cansada.

—Llévame a tu cuarto. Quiero dormir.

La princesa lloró y dijo que no quería compartir su cama con aquel animal frío. El rey se enojó: insistió en que quien la había ayudado no debía ser despreciado. Ella tomó a la rana con dos dedos, subió la escalera y la dejó en un rincón.

En una escalera de piedra, la princesa sostiene una vela y aleja a la rana con dos dedos.

Pero la rana llegó saltando hasta la cama.

—Levántame. Si no, voy a avisarle a tu padre.

Entonces la princesa perdió la paciencia. La sujetó y la arrojó con fuerza contra la pared.

No cayó una rana al suelo. Ante ella apareció un joven príncipe. Una bruja lo había encantado y aquel golpe había roto el hechizo. Le explicó que había vivido atrapado en el pozo y que, hasta ese momento, no había podido recuperar su forma.

En el dormitorio, la princesa se cubre la boca, asombrada, ante un joven príncipe rodeado de un brillo tenue.

El rey dispuso que su hija se casara con él. A la mañana siguiente llegó un carruaje tirado por ocho caballos blancos, adornados con plumas. Detrás viajaba Enrique, el fiel servidor del príncipe. Cuando su señor había sido transformado, Enrique había sufrido tanto que se había hecho colocar tres aros de hierro alrededor del corazón para impedir que se le rompiera de tristeza.

Ahora ayudó a los recién casados a subir al coche y se acomodó detrás, radiante. Emprendieron el camino hacia el reino del príncipe.

Enrique, con tres aros de hierro sobre el pecho, ayuda a la princesa y al príncipe a subir a un carruaje tirado por caballos blancos con plumas.

Poco después se oyó un chasquido.

—¡Enrique, se rompe el carruaje! —gritó el príncipe.

—No, señor. Es un aro de mi corazón. Lo pusieron cuando usted estaba preso en el pozo.

Siguieron andando. Otro chasquido sonó entre el ruido de las ruedas, y luego un tercero. El príncipe volvió a mirar, preocupado, pero el carruaje estaba entero. Lo que se había roto eran los últimos aros de hierro: el corazón de Enrique ya no necesitaba que nada lo sostuviera.

Enrique abre los brazos en la parte trasera del carruaje mientras los aros de hierro rotos quedan sobre el camino.
Fin

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Los Grimm: los aros de un corazón

Los Grimm se detienen en Enrique, el servidor que da al cuento su otro título: Enrique de Hierro. Relacionan los aros que rodean su corazón con antiguas expresiones literarias de tristeza y de corazones oprimidos, y reúnen ejemplos de esa imagen en otros textos.

Jacob y Wilhelm Grimm · Household Tales, notas a «The Frog King, or Iron Henry» · edición de la traducción: 1884 · Traducción de Margaret Hunt
Nota 1; párrafo «It was called by the name of Iron Henry»

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

Recuperar la pelota parece un trato sencillo hasta que la rana exige entrar en la vida de la princesa. Ella había prometido algo que no quería cumplir; su padre le ordena hacerlo y después decide su matrimonio. El golpe rompe el hechizo, una solución sorprendente y violenta. Puedes discutir cada decisión por separado y prestar atención a Enrique, cuya alegría ocupa las últimas escenas.

  • ¿Cómo podrían conversar los personajes sobre la promesa teniendo en cuenta lo que quiere cada uno?
  • ¿Por qué piensas que el relato termina con los aros del corazón de Enrique?

Una mirada adulta

La obligación de cumplir una promesa choca con los límites que la princesa intenta poner sobre su mesa, su cuarto y su cama. El rey resuelve esa tensión imponiendo obediencia y luego un matrimonio; el relato no desarrolla qué desea ella después de la transformación. La violencia produce el resultado mágico, lo que permite cuestionar la relación entre desenlace favorable y acción aceptable. Enrique desplaza el cierre hacia otra clase de vínculo: la fidelidad del servidor y un dolor figurado en aros de hierro que finalmente se rompen.

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