Un pescador habla con un pez encantado en una costa de aguas agitadas.

Hermanos Grimm · Cuento maravilloso

El pescador y su mujer

Cada deseo, otra tormenta

6 min de lectura9+ años · edad orientativa
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Un pescador y su mujer vivían en una choza miserable junto al mar. Cada mañana él salía con su caña y se sentaba a esperar. Una vez pescó un enorme pez plano que, apenas salió del agua, empezó a hablar.

—Déjame vivir. Soy un príncipe encantado. No te serviría de comida.

—No hace falta que me convenzas —respondió el pescador—. No me voy a comer un pez que habla.

Lo devolvió al agua y regresó a casa. Su mujer, Isabel, le preguntó qué había conseguido. Él contó el encuentro.

—¿Y no le pediste nada? —dijo ella—. Mira dónde vivimos. Vuelve y pídele una casita.

En una choza pobre y oscura, una mujer señala las paredes y reprocha algo a su marido, que escucha encogido en un banco.

El pescador no quería molestar al pez, pero terminó yendo. El agua, antes transparente, estaba amarilla y verde. Lo llamó desde la orilla:

—Pez del mar, ven a escuchar: mi mujer quiere pedir, yo no sé si está bien ir.

El pez asomó.

—¿Qué quiere?

—Una casita mejor.

—Vuelve. Ya la tiene.

En lugar de la choza encontró una casa limpia, con cocina, dormitorio, una huerta y gallinas en el patio. Isabel lo tomó de la mano para mostrarle cada rincón.

Una mujer sonriente lleva de la mano a su marido hacia una casita blanca con huerta y gallinas.

—Ahora podemos estar contentos —dijo él.

—Ya veremos —respondió ella.

Durante unos días todo anduvo bien. Después Isabel empezó a encontrar pequeña la casa. Quiso un castillo de piedra. El pescador protestó, pero volvió al mar. El agua estaba gris y espesa, atravesada por manchas violetas. Repitió su llamado y pidió el castillo.

—Vuelve. Ya lo tiene.

Había escaleras de mármol, grandes salones y sirvientes que abrían las puertas. Detrás se extendían jardines, establos y un parque. La mesa estaba llena de comidas que el pescador ni siquiera sabía nombrar.

—Ahora sí que no necesitamos nada más —dijo.

Isabel miró por una ventana. Todas aquellas tierras le parecieron un buen comienzo.

En un gran salón de piedra, la mujer mira por la ventana unas tierras inmensas mientras el pescador, incómodo, se sienta a la mesa.

—Quiero gobernarlas. Pídele que me haga reina.

El hombre volvió con el corazón pesado. El mar se había oscurecido y olía mal. El pez apareció, escuchó el pedido y lo mandó de regreso. Isabel estaba sentada en un trono, con corona y cetro, rodeada de soldados.

El pescador apenas alcanzó a felicitarla.

—Ser reina no me alcanza —dijo ella—. Quiero ser emperatriz.

Él le pidió que se conformara. Ella insistió y le recordó que ahora daba las órdenes. El pescador regresó a la costa. El agua era negra; desde el fondo subían burbujas y un viento helado le sacudía la ropa.

—Quiere ser emperatriz —explicó al pez.

—Vuelve. Ya lo es.

El nuevo palacio parecía no tener fin. Isabel ocupaba un trono altísimo y llevaba una corona enorme. A su alrededor esperaban príncipes y duques. El pescador se sintió pequeño como un grano de arena.

Desde abajo, el pescador mira a su mujer sentada en un trono altísimo, rodeada de nobles en una escalinata de mármol.

Pero su mujer tampoco estaba satisfecha. Quiso ser papa, para que incluso los reyes se inclinaran ante ella. El pescador creyó que aquello era imposible y se lo dijo. Isabel no escuchó. Él volvió al mar, temblando.

Las olas golpeaban la costa. A lo lejos, los barcos se sacudían y pedían auxilio. El hombre llamó al pez casi sin voz y transmitió el nuevo deseo. Cuando regresó, encontró una iglesia inmensa. Isabel estaba rodeada de velas, oro e incienso; emperadores y reyes esperaban su bendición.

Esa noche no pudo dormir. Se revolvía en la cama y pensaba qué podría desear todavía. Al amanecer vio que el sol salía sin pedirle permiso.

Despertó a su marido.

—Quiero tener el poder de Dios. Quiero ordenar cuándo salen el sol y la luna.

Él le suplicó que se detuviera. Isabel gritó que no tendría paz mientras algo escapara a su voluntad. El pescador salió.

La tormenta era terrible. El viento arrancaba árboles y el mar levantaba olas altas como torres. El hombre apenas podía sostenerse. Repitió su llamado, aunque ni él mismo se oía. El pez apareció entre la espuma.

De espaldas, el pescador se aferra a una roca frente a olas enormes; entre la espuma brilla el pez.

—¿Qué quiere ahora?

—Quiere ser como Dios.

El pez lo miró.

—Vuelve. Está otra vez en la choza.

El pescador caminó hacia su casa. Ya no había cúpulas, soldados, jardines ni escalinatas. Su mujer estaba sentada en el mismo lugar del principio. Allí se quedaron los dos, en la vieja choza, mientras el mar seguía extendiéndose delante de ellos.

Al atardecer, la pareja está sentada frente a la vieja choza, mirando el mar en calma.
Fin

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Otro cuento no leído al azar

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Para reflexionar

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Con chicos

Al principio, Isabel pide una casa donde vivir mejor. Después quiere gobernar cada vez más, hasta decidir cuándo sale el sol. Entre un pedido y otro, el mar cambia de color, de olor y de fuerza. Puedes seguir esas señales como si el paisaje también contara la historia. El pescador protesta, pero vuelve a la orilla una y otra vez hasta que ambos pierden todo lo recibido.

  • ¿En qué momento te parece que cambia lo que Isabel está buscando? ¿Qué detalle te lo hace pensar?
  • ¿Qué papel tiene el pescador en lo que pasa, además de llevar los pedidos?

Una mirada adulta

La primera petición busca salir de una miseria concreta. Las siguientes desplazan el deseo desde una casa habitable hacia el dominio sobre otros, hasta que la salida del sol se vuelve una afrenta por no obedecer. Cada logro pierde valor en cuanto revela algo que todavía escapa a la voluntad de Isabel. El pescador protesta, pero sus viajes sostienen esa expansión. El mar registra lo que el palacio oculta: una alteración que termina amenazando también a barcos ajenos a la pareja. El deseo ha desbordado la casa mucho antes de que el pez retire sus dones.

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