Caperucita, con su capucha roja y una canasta, encuentra al lobo en un sendero del bosque.

Francia · Charles Perrault · Cuento literario

Caperucita Roja

Cuentos de Perrault

4 min de lectura12+ años · edad orientativa
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En un pueblo vivía una niña muy querida por su madre y por su abuela. La abuela le había regalado una pequeña capucha roja que le quedaba tan bien que todos comenzaron a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su madre preparó unos pasteles y le dijo:

—Ve a ver cómo está tu abuela. Me contaron que está enferma. Llévale este pastel y este potecito de mantequilla.

En una cocina de campo, una madre acomoda un pastel y un pote de mantequilla en la canasta que sostiene una niña con capucha roja.

La abuela vivía en otro pueblo. Para llegar hasta su casa, Caperucita atravesó un bosque. Allí se encontró con un lobo que quiso comérsela, pero no se animó porque cerca había unos leñadores.

En lugar de atacarla, le preguntó adónde iba.

—Voy a visitar a mi abuela y a llevarle lo que le manda mi mamá.

—¿Vive muy lejos?

—Más allá de aquel molino, en la primera casa del pueblo.

—Yo también voy a visitarla —dijo el lobo—. Tú sigue por ese camino y yo iré por este. Vamos a ver quién llega primero.

El lobo tomó el camino más corto y corrió con todas sus fuerzas. Caperucita siguió por el más largo. Se entretuvo juntando avellanas, persiguiendo mariposas y armando ramitos con las flores que encontraba.

En un claro florido, la niña de capucha roja persigue una mariposa con un ramito en la mano, mientras a lo lejos el lobo corre por otro camino.

El lobo llegó pronto a la casa y golpeó la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la abuela desde la cama.

Imitando la voz de la niña, el lobo respondió:

—Soy Caperucita Roja. Te traigo un pastel y un potecito de mantequilla de parte de mamá.

—Tira de la clavija y se abrirá la puerta.

Frente a la puerta cerrada de una casita de piedra, el lobo se para en dos patas y estira una pata hacia el cordel del pestillo.

El lobo abrió la puerta, saltó sobre la abuela y se la comió. Hacía más de tres días que no comía. Después cerró la puerta y se acostó en la cama, debajo de las mantas, para esperar a Caperucita.

Cuando la niña llegó y llamó, la voz gruesa que respondió le dio miedo. Pero pensó que su abuela debía estar resfriada.

—Soy Caperucita Roja. Te traigo un pastel y un potecito de mantequilla.

El lobo suavizó la voz y le explicó cómo abrir. Una vez que la niña entró, le indicó que dejara la comida sobre el arcón y se acostara a su lado.

Tan cerca, Caperucita se sorprendió al mirar a quien creía su abuela.

—¡Qué brazos tan grandes tienes!

—Son para abrazarte mejor.

—¡Qué piernas tan grandes tienes!

—Son para correr mejor.

—¡Qué orejas tan grandes tienes!

—Son para escucharte mejor.

—¡Qué ojos tan grandes tienes!

En un cuarto en penumbra, la niña de capucha roja mira asustada al lobo acostado en la cama con un gorro de dormir y los ojos muy abiertos.

—Son para verte mejor.

—¡Qué dientes tan grandes tienes!

—Son para comerte.

Al decirlo, el lobo se arrojó sobre Caperucita Roja y se la comió.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Un libro abierto, una pluma, una capucha roja y una zapatilla de vidrio sobre una mesa ante un bosque.
Ilustración de su mundo literario

Autor

Charles Perrault

Charles Perrault dio forma literaria en francés a cuentos que siguen circulando en muchas versiones. Esta biblioteca reúne su Caperucita Roja, de desenlace trágico, y su Cenicienta, con dos bailes y zapatillas de vidrio. Las adaptaciones parten del texto francés histórico editado...

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Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

El lector sabe que el lobo está en la cama, pero Caperucita cree que habla con su abuela. Esa diferencia vuelve inquietantes incluso las respuestas que parecen cariñosas. El engaño lo prepara el lobo desde el encuentro en el bosque.

  • ¿En qué momentos sabemos algo que Caperucita todavía no sabe?
  • ¿Qué cambia cuando la misma frase la dice la abuela y luego la repite el lobo?

Una mirada adulta

La historia convierte la hospitalidad y el lenguaje familiar en instrumentos de una amenaza. El lobo adapta la voz y demora el ataque cuando hay testigos. La moraleja histórica lleva esa figura hacia las relaciones humanas; puede examinarse sin trasladar a la niña la responsabilidad de la violencia que otro planea.

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