Rostom monta de un salto su caballo de cascos blancos, que ha llegado con sus armas para acudir al rescate.

Tradición armenia · colección de Cilicia/Tauro y Erzurum · Relato tradicional

Salmán y Rostom

Relatos armenios · testimonio inglés de 1898

6 min de lectura14+ años · edad orientativa
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Salmán era enorme como una colina y fuerte como un gigante. Vivía en un rincón del mundo, pero su fama sembraba terror por toda la tierra. Tenía un caballo veloz como el rayo y brazos de hierro. Atacaba a la gente en sus hogares y le exigía tributo. Si alguien se negaba, él masacraba y destruía a la población.

En otro lugar vivía un bandido poderoso llamado Chal. Su hijo Rostom era grande como una montaña, célebre por su fuerza y su valor. Solo la tierra de Chal no pagaba tributo a Salmán.

Un día, Chal montó a caballo.

—Voy a ver qué clase de hombre es ese Salmán.

Después de un largo viaje encontró a un jinete gigantesco cuyo caballo parecía un relámpago. El asta de su lanza era tan gruesa como la cintura de un hombre. Chal no sabía que tenía enfrente al propio Salmán. Preparó su arma para combatir.

Pero el jinete espoleó su caballo y pasó de largo sin siquiera mirarlo. Ofendido, Chal le arrojó la lanza por la espalda.

En un camino pedregoso, un jinete gigantesco con armadura oscura pasa al galope sin mirar; a su lado, mucho más pequeño, un hombre de barba gris levanta su lanza ofendido.

Salmán se volvió, lo atrapó y lo ató bajo el vientre de su caballo. Galopó hasta una tienda junto a un manantial. Allí le clavó una oreja a una viga y se acostó a dormir.

Chal rechinaba los dientes de rabia.

—Ni siquiera me habló. No me dijo su nombre. ¡Si al menos supiera quién es!

Dentro de una tienda enorme, un hombre de barba gris atado a una viga aprieta los dientes de rabia, mientras un gigante de barba negra duerme tendido sobre alfombras.

Cuando despertó, Salmán le preguntó quién era.

—Soy de la tierra de Chal.

Tenía tanto miedo que no se atrevió a decir su propio nombre.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

Salmán le soltó la oreja.

—Ve a buscar a Rostom, el hijo de Chal. Que venga a medir sus armas conmigo. No puede haber dos hombres igualmente fuertes: el mundo tiene que saber quién es el mayor campeón. Yo soy Salmán.

Chal regresó a su casa y suspiró profundamente. Su hijo lo oyó.

—Tú eres Chal y yo soy Rostom. ¿Por qué suspiras, padre? Cuéntame qué te aflige.

Chal relató el encuentro y el desafío. Rostom llamó a su primo Vyjhan y ambos se vistieron de peregrinos. Antes de partir, besó en los dos ojos a su caballo de cascos blancos.

—Cuando yo esté en peligro, él lo sabrá y golpeará el suelo con las patas —le explicó a su padre—. Entonces átale mis armas al lomo y déjalo libre. Irá a buscarme.

Al amanecer, en un patio de piedra, un hombre barbado vestido de peregrino besa entre los ojos a su caballo blanco; a su lado espera su primo con un bastón y el padre mira preocupado desde la puerta.

Vyjhan tampoco era una persona corriente: si gritaba en Oriente, su voz podía oírse en Occidente.

Los dos viajeros llegaron a una ciudad y acamparon en una pradera. Mientras Rostom dormía, su primo escuchó un gran tumulto y fue a averiguar qué pasaba. La gente corría como ciervos perseguidos, se arrancaba el pelo, se golpeaba el pecho y lloraba.

—¿Qué ocurre?

—Llegó Salmán. Exige siete años de tributo atrasado.

Reunieron lo que pedía, pero nadie quería llevarlo: Salmán se apoderaría del mensajero y lo mataría.

—Dénmelo a mí —dijo Vyjhan—. Yo lo llevo.

En la plaza de una ciudad amurallada, la gente llora alrededor de un montón de sacos y vasijas; un joven con hábito de peregrino da un paso al frente y levanta la mano para ofrecerse.

Poco después, Rostom oyó entre sueños la voz penetrante de su primo:

—¡Ayuda, Rostom! ¡Salmán me lleva!

Se levantó y preguntó a la gente lo sucedido. En ese instante apareció su caballo de cascos blancos. Rostom montó de un salto y el animal lo llevó hasta la tienda de Salmán.

El tirano había clavado la oreja de Vyjhan a la viga. Salió a enfrentar a Rostom y comenzó el duelo más terrible que recuerda esta historia. Se hicieron pedazos arcos, flechas, lanzas y espadas. Al fin se acercaron y lucharon cuerpo a cuerpo, asidos uno del otro, enredados en sus cabellos.

Hasta hoy ninguno consiguió vencer. Todavía forcejean. De vez en cuando se sacuden con tanta violencia que la tierra tiembla: a eso llamamos terremoto. Y desde muy lejos, en lo profundo, aún se escucha la voz de Vyjhan.

Dos figuras gigantescas, del tamaño de montañas, forcejean abrazadas entre los picos rodeadas de armas rotas, mientras en los valles la tierra tiembla bajo pequeñas aldeas.
Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

Para conversar con chicos

Rostom corre a ayudar a su primo, pero el combate no termina en una victoria. El cuento imagina que esa lucha sigue debajo de los temblores de la tierra. Es una explicación maravillosa, no una explicación científica de los terremotos.

  • ¿A quién quería ayudar Rostom y qué sabemos de él al final?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La rivalidad exige decidir quién es el único fuerte, pero el final suspende indefinidamente esa decisión. El rescate queda absorbido por el duelo y la voz del primo permanece como resto de una urgencia no resuelta. La fuerza que debía liberar se transforma en perturbación continua del mundo.

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