Serkis descubre peces entre los surcos de su campo y los recoge con asombro.

Tradición armenia · colección de Cilicia/Tauro y Erzurum · Relato tradicional

Las trampas de una mujer

Relatos armenios · testimonio inglés de 1898

4 min de lectura14+ años · edad orientativa
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Serkis era un campesino que rezaba cada mañana antes de ir al campo y cada tarde al regresar. Un día, su esposa le preguntó:

—¿Por qué no pides en tus oraciones que Dios te libre de las trampas de una mujer?

—¿De una mujer? No soy tan cobarde como para tenerles miedo a ella y a sus trampas.

—¿Eso piensas?

—Eso pienso —respondió Serkis, echándose las herramientas al hombro.

La mujer decidió mostrarle de lo que era capaz. Compró unos peces, los puso en el delantal y los llevó al campo al mediodía, junto con la comida de su marido.

Cuando Serkis fue a comer a la orilla del arroyo, ella enterró los peces en distintos lugares del sembrado y volvió a casa.

En el campo arado, la esposa entierra un pez en un surco mientras Serkis, a lo lejos, come junto al arroyo.

El hombre regresó al arado. Al remover la tierra encontró los peces y los recogió, maravillado. Por la tarde se los llevó a su esposa.

—Los saqué del campo. Creo que el Creador los hizo nacer ahí mismo. Cocínalos y mañana tráemelos para almorzar.

Ella los cocinó al día siguiente, se los comió y le llevó una sopa de guisantes.

—¿Dónde están los peces? —preguntó Serkis.

—¿Qué peces?

—Los que saqué ayer de la tierra.

—¿Estás loco? Yo no sé de ningún pescado que hayas traído.

Junto al arroyo, Serkis mira incrédulo un cuenco de sopa mientras su esposa, de brazos cruzados, finge no saber nada.

Serkis tomó el látigo.

—¿Te comiste mis peces y encima me llamas loco?

La amenazó con pegarle. Ella gritó pidiendo ayuda y corrió al campo vecino. Los labradores acudieron y sujetaron al hombre.

—¡Suéltenme! ¡Voy a matarla a golpes! Se comió mis peces y ahora dice que estoy loco.

Los vecinos preguntaron a la mujer de qué peces hablaba.

—No lo suelten, por favor. Me va a matar. Perdió la razón. Pregúntenle dónde encontró esos peces.

—¡Aquí mismo! —respondió Serkis—. Los desenterré del campo.

—La mujer tiene razón —dijeron los labradores—. Realmente perdió el juicio.

Tres labradores sujetan a Serkis, que señala la tierra, mientras su esposa finge miedo.

Lo ataron. Algunos aseguraban que ya venía dando señales; otros afirmaban que era una enfermedad hereditaria y que varios de su familia habían estado igual. Lo azotaron, lo llevaron a su casa y lo dejaron sujeto a una columna.

Esa noche, cuando todos se fueron, su esposa se acercó.

—¿Y ahora? ¿Les tienes miedo a las trampas de una mujer? Esta fue la menor de todas.

—Por el cielo, desátame —suplicó Serkis—. Desde ahora mi primera oración será que me libren de ellas.

De noche, atado a una columna, Serkis suplica a su esposa, que lo mira con una sonrisa triunfal y una lámpara en la mano.

La mujer lo soltó. Según termina el cuento, desde entonces Serkis fue más prudente respecto de las mujeres.

Fin

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Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

Para conversar con chicos

La mujer prepara una prueba falsa y los vecinos la creen. Serkis, a su vez, responde con una amenaza real. Podemos reconocer el engaño sin justificar la violencia, y ver cómo una explicación apresurada hace que los vecinos repitan cosas que no comprobaron.

  • ¿Qué cosas dicen saber los vecinos sin haberlas comprobado?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La trampa controla tanto el hecho extraordinario como su interpretación pública. Los vecinos agregan antecedentes y herencia familiar después de aceptar el diagnóstico, fabricando certeza retrospectiva. El desenlace enmarca la humillación como aprendizaje sobre las mujeres; una lectura crítica distingue esa generalización de las acciones concretas de ambos cónyuges.

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