Una joven abre la ventana al anochecer para recibir a su marido convertido en perdiz.

Tradición armenia · colección de Cilicia/Tauro y Erzurum · Relato tradicional

La novia de la fuente

Relatos armenios · testimonio inglés de 1898

6 min de lectura15+ años · edad orientativa
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Se cuenta que una mujer fue a la ciudad a comprar vestidos para sus tres hijas. De regreso se sentó a descansar junto a una fuente.

—¡Tush! —exclamó al recordar que se había olvidado del vestido de la menor.

Un anciano salió de la fuente.

—Me llamo Tush. ¿Por qué me llamaste?

—No te llamé. Dije «Tush» porque olvidé comprarle un vestido a mi hija menor.

—Tráela y llámame de nuevo. Yo le daré uno.

La mujer volvió con la muchacha. Apenas pronunció el nombre, apareció el anciano y se llevó a la joven al interior de la fuente. La madre llamó una y otra vez, hasta cansarse, pero nadie regresó. Al fin perdió la esperanza y volvió a su casa a llorar la desaparición de su hija.

Junto a una fuente de piedra, un anciano de barba blanca se lleva de la mano a la muchacha hacia el agua mientras la madre extiende el brazo.

Al cabo de uno o dos meses regresó a la fuente y volvió a decir:

—¡Tush!

El anciano salió. Cuando la vio, se volvió hacia el agua.

—¡Hijo! Tu suegra vino a ver a su hija. ¿No vas a dejarla salir?

—Por supuesto —respondió una voz—. Que vaya a visitar a su madre, como es costumbre.

La muchacha apareció vestida como una hermosa novia, y su madre la llevó a casa.

La muchacha sale de la fuente vestida de novia con un velo rojo y su madre la recibe emocionada.

—Dame una habitación aparte —le pidió—. Mi marido dijo que vendrá todas las noches.

Así ocurrió. Después del anochecer, él llegaba convertido en perdiz y se posaba en la ventana. Ella abría y lo recibía. Antes del amanecer, la perdiz se marchaba.

Las dos hermanas mayores envidiaban su felicidad. Consiguieron navajas y las clavaron alrededor de la ventana. Esa noche, al posarse, la perdiz golpeó contra los filos y recibió heridas en las alas y en el cuerpo. Apenas pudo volver a la fuente. Allí quedó en cama, convencido de que su esposa había preparado la trampa, y juró vengarse.

Al anochecer, dos jóvenes clavan a escondidas navajas finas en el marco de una ventana.

Pasaron cinco o seis días sin que regresara. La joven fue con su madre a la fuente. Llamaron a Tush, que salió y avisó:

—Hijo, están tu esposa y tu suegra.

—¡No quiero semejante esposa! —gritó el herido—. Ponte tu traje de águila, llévala hasta el séptimo cielo y arrójala al desierto abrasador.

Tush se transformó en águila, alzó a la joven y la dejó caer sobre la arena. Ella no murió.

Un águila enorme lleva a la muchacha sobre un desierto de dunas.

—¡Cielo! ¿Qué hice para merecer esto?

Anduvo sin rumbo por el desierto. Al llegar la noche se enterró en la arena para dormir. Cerca de ella se sentaron dos hechiceros. Pronunciaron sus conjuros y se reunieron innumerables serpientes enormes. Todos deliberaron sobre remedios para mil y una enfermedades.

Para las heridas de navaja indicaron una cura: lavar al paciente con la primera leche de una mujer y aplicar sobre las heridas sangre seca tomada de las venas de una joven. A la tercera aplicación, dijeron, sanaría.

De noche, la joven semienterrada en la arena escucha a dos hechiceros sentados junto al fuego, rodeados de serpientes.

La muchacha escuchó con atención y guardó esas palabras. Al amanecer emprendió el largo regreso a su tierra. Allí pidió a las mujeres del pueblo la primera leche de una madre y abrió una de sus propias venas para obtener sangre, que secó al sol.

Se disfrazó de muchacho y fue a la fuente.

—¡Tush!

El anciano salió y le preguntó qué quería.

—Soy médico. Olvidé unos remedios en el pueblo; por eso exclamé «Tush».

El anciano entró a decirle a su hijo que había un médico humano sobre la fuente.

—Hazlo pasar. Tal vez pueda curarme.

La joven lo examinó sin revelar quién era.

—Puedo sanarte en tres días.

Lo lavó con la leche y puso la sangre seca sobre las heridas. Al tercer día, el joven estaba curado.

—¿Qué quieres que te pague?

—Nada. Solo quiero que recuerdes mi nombre.

—¿Cómo te llamas?

—Árbol de Incienso.

—¡Ese es el nombre de mi esposa!

—Yo soy tu esposa.

Se quitó el disfraz, se abrazó a su cuello llorando y le explicó que no había tenido ninguna culpa. Desde entonces se amaron y todavía viven en aquella fuente profunda.

En una cámara de piedra bajo la fuente, la joven disfrazada se quita el gorro ante su marido sanado.

Cayeron del cielo tres manzanas: una para mí, otra para quien contó el cuento y otra para quien recibió a la compañía.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

La joven recibe un castigo por algo que hicieron sus hermanas. Nadie le pregunta qué pasó antes de arrojarla al desierto. Su regreso resuelve la enfermedad y aclara el engaño, pero no vuelve aceptable la violencia. La cura pertenece a la magia del cuento y no debe probarse.

  • ¿Qué tendría que haber preguntado el marido antes de creer que su esposa lo había herido?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La restitución exige que la víctima cure al hombre que ordenó matarla antes de que él la escuche. El reconocimiento por el nombre produce una reconciliación que el texto no acompaña de reparación ni de una responsabilidad explícita del marido o del padre. Conservar ese silencio evita presentar la persistencia amorosa como obligación de soportar abusos.

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