El anciano, apoyado en sus muletas, relata su experiencia al rey para impedir la matanza.

Tradición armenia · colección de Cilicia/Tauro y Erzurum · Relato tradicional

¿El marido o la mujer?

Relatos armenios · testimonio inglés de 1898

7 min de lectura15+ años · edad orientativa
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Un orfebre y su esposa vivían en armonía. En todo el país los señalaban como ejemplo de amor matrimonial. Tenían la costumbre de dejar una luz encendida toda la noche.

Una noche, el rey y la reina miraban desde su ventana la ciudad dormida. Vieron aquella luz y comenzaron a discutir sobre la pareja.

—Viven así por la virtud del marido —sostenía el rey.

—Por la de la esposa —insistía la reina.

De noche, desde un balcón del palacio, el rey señala una ventana iluminada en la ciudad dormida y la reina le discute.

Decidieron ponerlos a prueba. Al día siguiente, la reina envió a una doncella al taller del orfebre con un mensaje: se había enamorado de él y sería su esposa si mataba a la mujer con quien estaba casado.

—No cambiaría a mi esposa por el mundo entero —respondió el hombre—. Estoy contento con lo que el cielo me dio. No la cambiaría por mil reinas.

En su taller, el orfebre niega con la cabeza y sonríe mientras una doncella del palacio lo escucha desde la puerta.

Después, el rey mandó a un sirviente a ofrecerle a la mujer del orfebre que se convirtiera en reina si mataba a su marido.

—¿De verdad? ¿Es cierto?

El mensajero lo confirmó.

—Entonces lo mataré esta noche. Cuando se apague nuestra luz, sabrán que empecé.

En un patio, la esposa del orfebre escucha a un sirviente del rey con los ojos brillantes y una sonrisa ambiciosa.

Al recibir la respuesta, el rey ordenó a sus hombres estar preparados para rescatar al orfebre en cuanto vieran apagarse la luz.

Esa tarde, el marido volvió a casa. Cenaron y conversaron como siempre. Después él apoyó la cabeza en el regazo de su esposa y se durmió. Ella le pasó una cuerda por el cuello, apagó la vela y lo estranguló. Cuando llegaron los hombres del rey, ya estaba muerto.

De noche, tres guardias con faroles corren por una calle hacia una casa cuya ventana acaba de oscurecerse.

El rey sintió tanta pena por la muerte de aquel súbdito que comenzó a odiar a todas las mujeres. No durmió esa noche. A la mañana llamó a su primer ministro.

—Hoy saldré de caza. Antes de que vuelva, deberás matar a todas las mujeres del reino, viejas y jóvenes.

El ministro fue a consultar a su padre anciano.

—No obedezcas —le dijo este—. Yo me haré responsable. Escóndete unos días hasta que pase la cólera del rey.

Un anciano con muletas apoya la mano en el hombro de su hijo, el ministro, que se cubre la cara angustiado.

Al volver de caza, el rey encontró vivas a las mujeres y montó en furia. Mandó llamar al ministro. En su lugar se presentó el anciano, apoyado en sus muletas.

—¿Dónde está tu hijo? ¡Le cortaré la cabeza antes de mandar cortar las de las mujeres!

—Larga vida al rey —respondió el anciano con voz temblorosa—. Déjame contar una experiencia. Después podrás cumplir tu orden si todavía lo quieres.

—Habla.

Mientras escuchaba, el rey ordenó a los soldados prepararse para la matanza.

—Yo era primer ministro durante el reinado de tu padre —comenzó el anciano—. Un día salimos de caza. Siguiendo a un animal me aparté de los demás y llegué cerca de una aldea, al otro lado del bosque. Un jinete desconocido me alcanzó. Me levantó de mi caballo, me puso delante de él en su montura y me ató. Era tan fuerte que no podía resistirme. Sujetó las riendas de mi caballo al suyo y me llevó a un cementerio.

»Allí buscó un lugar y empezó a cavar. Me obligó a sacar tierra detrás de él. Hicimos dos sepulturas y volvimos a montar.

»Llegamos al pie de un castillo. Me dejó bien sujeto a la silla y trepó por el muro. Poco después arrojó desde lo alto el cadáver de un hombre recién asesinado, sin cabeza. Bajó, lo cargó sobre mi caballo y regresamos a las tumbas.

»Yo estaba aterrorizado. Pensaba que una sepultura era para aquel cuerpo y la otra para mí. Pero me desató y me ordenó ayudarlo a enterrar al muerto. Cuando terminamos, me dijo:

»“Sé que eres el primer ministro. Escucha mi historia y cuéntasela al rey. Soy una mujer y amaba sin límites a mi marido. Este príncipe se enamoró de mí y mató a mi esposo para conseguirme. Juré, por el amor que le tenía, matar al asesino y enterrarlo a sus pies. Ya lo hice. También juré morir para descansar junto a mi marido. Por el cielo, entiérrame en esta tumba y cuenta lo ocurrido”.

En un cementerio a la luz de la luna, un jinete misterioso se quita la capucha y resulta ser una mujer, ante un hombre con las manos atadas.

»Dicho eso, se hirió con un puñal y cayó muerta a mis pies. La enterré junto a su esposo.

El anciano miró al rey.

—Ahí tienes una esposa fiel y valiente. Si la mujer del orfebre te llevó a ordenar la muerte de todas, que esta otra sirva para salvarlas. ¿Por qué deberían morir tantas mujeres buenas por la maldad de una sola?

El rey revocó la orden. Solo la esposa del orfebre fue ejecutada.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

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Para reflexionar

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Con chicos

Para conversar con chicos

El rey transforma el crimen de una persona en una condena contra todas las mujeres. El anciano logra detenerlo contando una historia distinta. No hace falta demostrar una fidelidad extrema para merecer vivir: ninguna persona debería ser castigada por pertenecer al mismo grupo que quien hizo daño.

  • ¿Por qué lo que hizo una mujer no permite saber cómo son todas las demás?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La contranarración salva vidas, pero disputa la generalización real mediante otro ejemplo excepcional, todavía medido por la fidelidad conyugal. Queda además sin juzgar la responsabilidad de quienes diseñaron una prueba homicida. El rey cancela la matanza y conserva la potestad de castigar, sin que el desenlace examine su propia incitación.

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