Un chico examina una aceituna junto a una vasija mientras los adultos del tribunal lo observan.

Las mil y una noches · tradición de Oriente Medio · Cuento tradicional

Ali Cogia y la vasija de aceitunas

Un juicio que empezó jugando

6 min de lectura12+ años · edad orientativa
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Antes de salir de Bagdad hacia La Meca, Ali Cogia tuvo que resolver dónde dejar mil monedas de oro. Quería llevar mercaderías para comerciar durante el viaje, pero prefería que sus ahorros lo esperaran en casa.

Eligió una vasija grande, puso el oro en el fondo y la llenó de aceitunas. Después se la llevó a un amigo.

En un depósito en penumbra, un mercader de turbante anaranjado vuelca aceitunas sobre un montón de monedas de oro en el fondo de una gran vasija.

—¿Me guardas esta vasija hasta que vuelva?

El amigo le dio la llave de su depósito y lo dejó elegir un rincón. Ali Cogia la acomodó, cerró la puerta y partió tranquilo.

La peregrinación terminó, pero el viaje continuó. Unos comerciantes le recomendaron vender en El Cairo; después surgieron negocios en Damasco, Persia y la India. Entre una ciudad y otra pasaron siete años.

Una noche, la esposa del amigo comentó que tenía ganas de comer aceitunas. Él recordó la vasija olvidada.

—Ali Cogia debe de haber muerto. Podemos abrirla.

Su mujer se opuso. Nadie les había dado permiso, y la ausencia de noticias no demostraba nada. Él fue igualmente al depósito. Las aceitunas de arriba estaban podridas; al volcarlas para mirar las de abajo, descubrió el oro.

Volvió a tapar la vasija. Durante toda la noche pensó en aquellas monedas. Al amanecer compró aceitunas nuevas, tiró las viejas, escondió el dinero y rellenó el recipiente.

Al amanecer, un hombre de turbante blanco llena a escondidas una vasija con aceitunas nuevas; detrás asoma una bolsa de monedas y en el suelo hay aceitunas viejas.

Un mes después regresó Ali Cogia. Su amigo lo abrazó y le dio la misma llave. Todo parecía estar en su lugar. Pero al abrir la vasija en la posada, Ali Cogia no encontró una sola moneda.

Corrió a hablar con él. Incluso le ofreció tiempo para devolver el dinero, por si lo había usado en algún negocio. El amigo negó saber de qué hablaba.

La discusión llegó ante el cadí, el juez de la ciudad. Como Ali Cogia no tenía testigos, el juez aceptó el juramento del otro comerciante y lo declaró inocente. Ali Cogia pidió entonces que lo escuchara el califa Harún al-Rashid.

Ante un juez anciano, un hombre de turbante blanco jura con la mano en alto mientras Ali Cogia abre los brazos, desesperado.

La noche anterior a la audiencia, el califa salió disfrazado a recorrer Bagdad con sus acompañantes. En un patio encontró a varios chicos jugando. Habían oído hablar del caso y estaban representando el juicio.

El chico que hacía de juez escuchó a los dos litigantes. Cuando el acusado quiso jurar, lo interrumpió.

—Primero traigan la vasija.

Uno de los chicos fingió llevarla. El juez imaginario probó una aceituna también imaginaria y frunció el ceño.

—Está demasiado buena para tener siete años. Llamen a quienes venden aceitunas.

Otros dos chicos representaron a los comerciantes y dijeron que eran aceitunas de la cosecha reciente. El pequeño juez dio por descubierto el robo. El califa, que había visto todo desde la oscuridad, decidió que al día siguiente el muchacho estaría a su lado.

En un patio iluminado por la luna, un chico sentado sobre un cesto finge probar una aceituna mientras otros juegan al juicio; desde la sombra de un arco, tres hombres los observan.

Por la mañana lo llevaron al palacio. Al principio estaba asustado, pero el califa le explicó que quería escuchar sus preguntas. Comparecieron Ali Cogia, su amigo, el cadí y dos vendedores de aceitunas. Esta vez también estaba la vasija verdadera.

El muchacho pidió que la abrieran. Los vendedores examinaron el contenido y coincidieron: aquellas aceitunas eran del año. No podían ser las que Ali Cogia había dejado siete años atrás.

El acusado intentó defenderse, pero su afirmación de que nadie había tocado la vasija ya no se sostenía. El chico miró al califa.

—Ahora no estamos jugando. La sentencia te corresponde a ti.

El gobernante ordenó ejecutar al ladrón. Antes de morir, el hombre confesó y reveló dónde había escondido el dinero de Ali Cogia. El oro pudo recuperarse.

El cadí recibió una reprimenda por no haber examinado la prueba. El muchacho volvió a su casa con cien monedas como recompensa. Había hecho la pregunta que los mayores, ocupados en escuchar juramentos, habían pasado por alto.

En la puerta de una casa sencilla, un chico muestra una bolsa de monedas a su madre asombrada mientras Ali Cogia, sonriente, le apoya una mano en el hombro.
Fin

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Con chicos

Los chicos juegan a resolver un problema que los adultos no pudieron aclarar. La pregunta por las aceitunas cambia el juicio. Cuando llega el momento de decidir el castigo, el muchacho se lo deja al califa. El gobernante elige una condena a muerte: el juego ha terminado y su decisión cambia el tono del final.

  • ¿Qué descubre el chico al preguntar por algo que parecía poco importante?
  • ¿Qué otras decisiones podría tomar el gobernante al descubrir el robo?

Una mirada adulta

El juego ensaya una investigación que el primer tribunal no había realizado. La frescura de las aceitunas vuelve incompatible la defensa del acusado con la evidencia del cuento. Conviene distinguir ese hallazgo de la pena que decide el califa: probar un robo y establecer un castigo son preguntas diferentes. La esposa del comerciante también había advertido, mucho antes, el problema de abrir una custodia ajena.

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