El hermano menor corta hierba donde el caballo escarba en una pradera florida.

Serbia · antología de Erben, mediación inglesa de Wratislaw · Relato tradicional

La promesa de los tres hermanos

Serbia · adaptación de fuente histórica

7 min de lectura14+ años · edad orientativa
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Un anciano tenía tres hijos y una hija. Al sentir que iba a morir, llamó a los varones y les hizo jurar que entregarían a su hermana en matrimonio al primero que viniera a pedirla, fuera quien fuese.

Tiempo después de su muerte llegó un viejo en un carro de dos ruedas. Quería casarse con la joven. Los dos hermanos mayores se resistieron porque era pobre y anciano. El menor les recordó el juramento. Finalmente entregaron a su hermana, y el hombre la llevó a su casa.

En un patio, una joven camina hacia un anciano junto a un carro de dos ruedas; dos hermanos fruncen el ceño y el menor les recuerda la promesa.

Pasado un tiempo, el hermano mayor fue a visitarla. Encontró una casa espléndida. Ella se alegró de verlo y le dijo que estaba muy bien. El marido no estaba, pero regresó enseguida y lo recibió contento.

—Vamos a comer y a divertirnos. Antes lleva mi caballo a buscar hierba. Corta donde él escarbe con la pata, no donde tú quieras.

El hermano aceptó y montó. En el camino encontró un puente de plata. La codicia lo tentó: bajó y arrancó una de las placas para aprovecharla. Después cortó hierba donde le pareció, sin esperar la señal del caballo, y regresó.

Sobre un puente de plata, un hombre de bigote arranca una placa brillante mientras el caballo gris lo mira inquieto.

Dejó al animal en el establo con la hierba. Cuando su cuñado preguntó si estaba comiendo, respondió que sí. El viejo fue a mirar y encontró la hierba intacta. Comprendió la desobediencia y mandó al visitante de vuelta a su casa sin cenar.

El hermano no contó lo que le había pasado. Al llegar dijo al segundo:

—Nuestro cuñado te manda saludos y te invita a visitarlo.

El segundo fue y recibió el mismo encargo. También se dejó tentar por el puente de plata, arrancó una placa y cortó hierba donde quiso. Al volver dijo que el caballo comía, pero el viejo comprobó su mentira y lo echó sin cena.

Tampoco él contó su fracaso. Le dijo al menor que el cuñado lo saludaba y quería recibirlo.

Cuando el menor llegó, su hermana lo abrazó y le advirtió:

—No hagas lo que hicieron los otros dos.

Él no sabía qué había ocurrido y ella no le explicó más. El marido regresó, se alegró de verlo y le encargó buscar hierba con el caballo, únicamente donde el animal escarbara.

El joven salió. Admiró el puente de plata y lamentó que le faltaran dos placas. Al llegar al centro miró hacia abajo: en una enorme caldera hervían cabezas humanas, mientras unas águilas las picoteaban desde arriba.

Un joven mira asustado desde el centro de un puente de plata hacia una enorme caldera humeante en el fondo del barranco, rodeada de águilas.

Siguió hasta un pueblo donde todo era tristeza. Preguntó a un vecino por qué estaban así.

—Nos cae granizo a cada hora. No nos queda nada.

Al salir encontró dos cerdos que se peleaban sin descanso. Intentó separarlos, pero no pudo y tuvo que continuar.

Llegó después a otro pueblo. Allí se oían cantos y risas por todas partes. Preguntó por qué estaban tan alegres, cuando en el pueblo anterior todo era pena.

—Cada hora nos trae frutos —contestó un vecino—. Tenemos de todo en abundancia.

En un pueblo rodeado de árboles cargados de fruta, la gente baila en ronda y saluda a un joven que llega a caballo.

Finalmente el caballo entró en una pradera bellísima. Se detuvo en medio y escarbó. El joven bajó, cortó la hierba indicada y volvió a casa.

Dejó la hierba en el establo y el caballo empezó a comer enseguida. Su cuñado lo comprobó, satisfecho.

—Tú sí eres mi verdadero cuñado. Ahora vamos a festejar.

Durante la cena le pidió que contara lo que había visto. El joven empezó por el puente.

—Era hermoso, pero estaba arruinado por esas dos placas que faltaban. ¡El Dios vivo ha matado a quien las sacó!

—Fueron tus hermanos —respondió el viejo—. Como obraron, así les fue. ¿Qué más viste?

En una mesa servida, un anciano de barba blanca habla con gravedad mientras el joven lo mira sorprendido y la hermana baja la vista.

El joven describió la caldera, las cabezas y las águilas.

—Son los tormentos eternos del otro mundo —explicó el cuñado.

Después le habló del pueblo triste.

—Allí no hay unión ni verdad, ni conocimiento de Dios.

—También vi dos cerdos que no dejaban de pelear.

—Son dos hermanos que no viven en concordia.

Cuando mencionó el pueblo alegre, el viejo explicó:

—Esas personas viven según la voluntad de Dios. Reciben de buena gana a quienes llegan y nunca despiden a un pobre con las manos vacías.

Por último el joven recordó la pradera.

—Era tan hermosa que habría pasado tres días mirándola.

—Es el paraíso del otro mundo, pero cuesta llegar a él.

Los dos siguieron compartiendo la compañía durante muchos días. Cuando el joven tuvo que volver a su casa, su cuñado le hizo un gran regalo.

—Te reconocí como un hombre honrado desde que insististe en cumplir la promesa hecha a tu padre. Tú vas a prosperar; tus hermanos, no.

Fin

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Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Con chicos

Para conversar con chicos

Los hermanos mayores esconden sus errores. El menor escucha al caballo, mira a su alrededor y después cuenta lo que vio. La visita le enseña algo distinto de lo que esperaba.

  • ¿Qué diferencia hay entre llevarse una placa del puente y recibir el regalo del final?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

El cuento enlaza obediencia, propiedad y hospitalidad mediante un viaje al otro mundo. Esa enseñanza convive con un juramento que decide la vida matrimonial de la hermana sin consultarla. Conviene distinguir la virtud que el cuñado premia de los límites de ese orden familiar.

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