Hace mucho tiempo, en un imperio de montañas verdes y ríos lentos, vivía un emperador que ya era muy anciano. Había gobernado durante tantos años que su barba se había vuelto blanca como la niebla de la mañana. No tenía hijos, y cada noche, desde la terraza del palacio, se preguntaba quién cuidaría de su pueblo cuando él ya no estuviera.
Una mañana de primavera, mandó a sus mensajeros a todos los pueblos y aldeas con un anuncio: todos los niños y niñas del imperio debían presentarse en el patio del palacio. Allí, el emperador en persona le entregaría a cada uno una semilla. «Quien dentro de un año me traiga la planta más hermosa —decía el anuncio— será mi heredero».
En una aldea junto al río vivía Lan, una niña que vendía verduras en el mercado con su abuela. Lan ayudaba a su abuela en la huerta y sabía cuándo regar y cuándo dejar descansar la tierra. Cuando escuchó el anuncio, caminó dos días con su abuela hasta la capital. En el patio del palacio había tantos niños que parecía un campo de trigo movido por el viento.
El emperador bajó las escaleras despacio y fue poniendo una semilla en cada mano. Cuando le llegó el turno a Lan, la niña miró la suya: era pequeña, oscura y dura como una piedrita. —Cuídala bien —le dijo el emperador, mirándola a los ojos—. Y dentro de un año, tráeme lo que hayas logrado.
De vuelta en la aldea, Lan eligió la mejor maceta de barro de su abuela. La llenó con tierra húmeda de la orilla del río, enterró la semilla con cuidado y la regó con agua fresca. Todas las mañanas la sacaba al sol y todas las noches la entraba para protegerla del frío.
Pasaron los días y no salió nada. Pasaron las semanas y la tierra seguía lisa. Lan cambió la tierra por otra más fina, mezclada con hojas podridas, como le había enseñado su abuela. Probó con más agua y después con menos. Le habló a la maceta, le cantó canciones y hasta durmió una noche a su lado. Pero la semilla no brotaba.
Mientras tanto, en la aldea solo se hablaba de las plantas de los otros niños. Wei, el hijo del herrero, mostraba un arbusto lleno de capullos rojos. Las hermanas del molinero tenían un peral pequeño que ya daba flores blancas. —Seguro que tu semilla estaba mala —le dijo Wei un día—. En el mercado venden semillas de peonía. Compra una, siémbrala y nadie se dará cuenta.
Lan lo pensó toda la noche. Al amanecer le contó a su abuela lo que le había dicho Wei. —¿Qué harías tú? —le preguntó. La abuela le acarició el pelo. —Yo no puedo decidir por ti. Pero una flor que no es tuya no te va a hacer sentir orgullosa —respondió. Lan miró la maceta vacía y no compró ninguna semilla.
Cuando se cumplió el año, los caminos que llevaban a la capital se llenaron de colores. Los niños llegaban con macetas de peonías, crisantemos, orquídeas, arbolitos enanos y enredaderas que se trepaban por los brazos. Lan caminaba entre ellos con su maceta de barro llena de tierra oscura y nada más. Algunos niños se reían de ella; otros la miraban con lástima. Ella tenía las mejillas encendidas de vergüenza, pero seguía adelante.
En el patio, el emperador recorrió despacio las filas de plantas. Miraba cada flor y no sonreía. No dijo una sola palabra de elogio, ni siquiera frente al arbusto de Wei, que era el más alto de todos. Al final de la última fila encontró a Lan, con la cabeza baja y su maceta entre las manos. —¿Qué me traes tú? —le preguntó. A Lan le temblaba la voz, pero habló con claridad: —Señor, sembré su semilla y la cuidé todos los días durante un año. No creció nada. Le traigo lo que logré: una maceta sin flor.
El emperador tomó la maceta con sus manos arrugadas, la levantó para que todos pudieran verla y se volvió hacia el patio. —El año pasado —dijo con voz fuerte— les di a todos semillas que yo mismo había tostado al fuego. Una semilla tostada no puede brotar, aunque la cuiden mil jardineros. Todas estas flores nacieron de otras semillas.
En el patio se hizo un silencio tan grande que se oía el viento en los tejados. Muchos niños bajaron la mirada hacia sus macetas. —Esta niña fue la única que se atrevió a mostrarme lo que de verdad pasó con mi semilla —siguió el emperador—. Quien va a gobernar un pueblo debe decir lo que es, y no lo que conviene. Por eso Lan será mi heredera.
Lan volvió a su aldea a buscar a su abuela, y las dos se fueron a vivir al palacio. Con los años, Lan aprendió a gobernar, y cuando llegó su turno fue una emperatriz justa, a la que nadie temía decirle la verdad. En el jardín del palacio, junto a las peonías y los crisantemos, siempre guardó un lugar para una vieja maceta de barro llena de tierra oscura.