Una mujer sostiene una diminuta olla de cáscara de huevo en la puerta de su casa.

Tradición galesa, en la versión de Joseph Jacobs · Cuento tradicional

La olla de cáscara de huevo

Una comida imposible para muchos

4 min de lectura12+ años · edad orientativa
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En Treneglwys había una casa de pastores a la que llamaban la Casa de la Disputa. El nombre venía de algo que, según contaban, había ocurrido allí mucho tiempo antes.

Vivían en ella un hombre, una mujer y sus dos bebés gemelos. Una mañana la madre tuvo que ir a la casa de una vecina. No quería dejarlos solos: había oído que por los alrededores andaba el pueblo de las hadas. Pero fue y volvió lo más rápido que pudo.

En el camino de regreso vio a unos seres pequeños con ropas azules que cruzaban delante de ella, a plena luz del día. Se asustó y corrió.

En un camino entre muros de piedra, la madre se detiene asustada mientras unos seres diminutos vestidos de azul cruzan delante de ella.

En la casa todo parecía estar igual. Los gemelos estaban en la cuna. Pasaron los días, sin embargo, y los bebés no crecían.

—No son nuestros hijos —decía el padre.

—¿De quién van a ser, entonces? —respondía la madre.

El padre señala la cuna con severidad y la madre la protege, mientras dos bebés pálidos de mirada extraña observan.

Discutían tanto que los vecinos empezaron a llamar así a la casa. La mujer, entristecida, decidió consultar al sabio de Llanidloes.

Se acercaba la cosecha de centeno y avena. El sabio le indicó que, cuando preparara la comida de los trabajadores, vaciara una cáscara de huevo y cocinara dentro un poquito de sopa. Después debía llevarla hasta la puerta como si fuera suficiente para todos y escuchar a los gemelos.

Si hablaban de cosas que un bebé no podía conocer, le dijo que los arrojara al lago Elvyn; si no ocurría nada extraordinario, no debía hacerles daño.

Un anciano sabio sostiene una cáscara de huevo vacía y le explica algo a la madre, que lo escucha atenta.

La madre volvió. El día de la cosecha preparó aquella diminuta olla y la llevó hasta la puerta. Entonces oyó a uno de los que estaban en la cuna decirle al otro:

—Vi la bellota antes que el roble y el huevo antes que la gallina. Pero nunca vi una cáscara servir de olla para dar de comer a tantos trabajadores.

Al escuchar aquella voz que hablaba de siglos, la mujer los levantó y los arrojó al lago.

Los duendes de ropa azul acudieron y rescataron a sus pequeños. A cambio, los verdaderos gemelos volvieron a los brazos de su madre. Así terminó la disputa de aquella casa, aunque el nombre quedó y siguió recordando la extraña historia.

A orillas del lago, la madre abraza llorando de alegría a sus gemelos mientras los duendes de azul se llevan a sus pequeños entre la niebla.
Fin

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Detrás de esta historia.

Ilustración simbólica de Joseph Jacobs: una barca de cristal sobre páginas ilustradas, una cinta roja, flores y un lápiz.
Ilustración de su mundo literario

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Joseph Jacobs

Joseph Jacobs seleccionó y reelaboró los relatos de Celtic Fairy Tales (1892). Sus notas permiten seguir caminos distintos: manuscritos irlandeses, relatos recogidos en Gales, una historia de Kintyre y versiones transmitidas por otros escritores y recopiladores. Esta biblioteca conserva esas diferencias en...

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Con chicos

Esta historia antigua imagina que unos duendes pueden ocupar el lugar de unos bebés. La cáscara los sorprende y revela su edad imposible. También cuenta una acción muy peligrosa: en la vida real, crecer de una manera distinta nunca vuelve a un niño otra cosa ni permite hacerle daño.

  • ¿Qué dicen los personajes que revela que pertenecen al mundo fantástico?
  • ¿Qué escena del cuento te gustaría conversar con una persona adulta?

Una mirada adulta

El crecimiento que no ocurre abre una sospecha sobre la identidad de los bebés. La prueba del sabio transforma una diferencia inquietante en certeza sobrenatural y autoriza una violencia que el desenlace recompensa con la restitución de los hijos. La reparación depende de esa lógica fantástica; fuera de ella, la acción de la madre conserva toda su peligrosidad. El nombre de la casa guarda la huella de una disputa donde reconocer a alguien como propio o extraño decide también qué trato se considera permitido.

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