Kana se eleva desde las canoas gemelas frente al alto promontorio de Haupu.

Archipiélago de Hawái · Molokai: Haupu, Pelekunu y Waikolu; Hawaii: Kona y Waipio · Relato tradicional

Las rocas de Kana

Relatos hawaianos · testimonio histórico de 1907

15 min de lectura14+ años · edad orientativa
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En la costa norte de Molokai, entre los valles de Pelekunu y Waikolu, el promontorio de Haupu se levantaba sobre el mar como el filo de un hacha. Frente a él sobresalían del agua unas rocas agudas. Este relato cuenta cómo llegaron a estar allí.

En lo alto de Haupu vivía Kapeepeekauila, hijo de Keahole y Hiiaka-noholae. Tenía el cuerpo cubierto de pelo.

Por aquellos días, Hakalanileo y su esposa Hina, madre de Kana, llegaron a vivir al valle de Pelekunu. Kapeepeekauila oyó hablar de la hermosa Hina, hija de Kalahiki, y mandó a sus hijos a buscarla.

—Nuestro padre quiere que seas su esposa. Venimos por ti.

—¿Quiere que sea qué? —preguntó Hina.

—Su esposa.

La propuesta le gustó.

—Vuelvan y díganle que él será mi esposo y yo seré su mujer.

Cuando recibió la respuesta, Kapeepeekauila convocó a la gente del otro lado de la isla, desde Keonekuina hasta Kalamaula. Quería que le quitaran todo el pelo del cuerpo, algo que la voz histórica describe como un defecto. Se acostó, la gente trabajó hasta arrancarlo todo y, después, él y Hina se unieron. Vivieron juntos en la cima de Haupu.

Hakalanileo lloraba la pérdida de su compañera. Recordaba las largas noches de invierno y las noches de verano atravesadas por la lluvia. No podía llegar hasta ella: la cresta de Haupu había crecido hasta tocar el cielo.

Un anciano arrodillado en el valle mira hacia lo alto de un promontorio que se pierde entre las nubes.

Se revolcó en el polvo, cruzó las manos a la espalda y salió a buscar a alguien suficientemente poderoso para devolverle a Hina.

Primero encontró a Kamalalawalu, famoso por su fuerza y su valentía.

—¿Por qué lloras, padre? —le preguntó el héroe.

—Tu madre está perdida.

—¿Quién se la llevó?

—Kapeepee.

—¿Qué Kapeepee?

—Kapeepeekauila, el intrépido de Haupu.

—Entonces no vas a recuperarla. Nuestro palo apenas llegaría al polvo de sus pies; el suyo nos golpearía la cabeza. Haupu tiene una altura imposible de medir.

La mitad del cuerpo de Kamalalawalu era piedra y la otra mitad carne. Para mostrar su fuerza, arrojó una gran roca hasta el cielo. Cuando cayó, la recibió de costado, sobre su mitad de piedra, que resonó con el golpe.

Un héroe con medio cuerpo de piedra recibe una enorme roca contra su costado mientras el anciano lo mira con tristeza.

—No alcanza —dijo tristemente Hakalanileo.

Siguió caminando hasta Niuloihiki. Volvió a explicar su pérdida y volvió a escuchar que la altura de Haupu hacía inútil todo intento.

El tercero al que encontró fue Kaulu. También él oyó la historia. Para demostrar lo que podía hacer, sujetó un río y detuvo su corriente. Hakalanileo lo miró y volvió a decir:

—No alcanza.

El cuarto héroe fue Lonokaeho. Tampoco obtuvo de él la ayuda que buscaba. Eran los cuatro hombres de mayor poder que conocía. Desalentado, tomó el camino del bosque para volver a su casa.

Entretanto, Niheu, apodado el Pícaro, oyó que un padre había pasado buscando quién lo ayudara a recuperar a su mujer.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó.

Le dijeron que había ido tierra adentro. Niheu salió tras él, derribando a patadas los árboles que le cortaban el paso. Lo alcanzó cuando ya estaba agotado y lo llevó a su casa.

—¿Por qué pasaste de largo sin venir a verme?

Hakalanileo le explicó que buscaba a su madre, Hina, y le contó adónde había ido. Niheu tampoco se creyó capaz de traerla.

—Vamos a ver al hijo de crianza de Uli —propuso.

Caminaron hacia la casa de Kana. Niheu se adelantó para anunciarle que Hakalanileo venía sin su esposa y que todos los demás habían fracasado. Kana se asomó: el brillo de sus ojos fue tan fuerte que el viejo se asustó y retrocedió.

—¡Mira lo que hiciste! —protestó Niheu—. Lo asustaste. Ahora se va.

Sin salir de la casa, Kana extendió un brazo hasta Hakalanileo, lo tomó y lo sentó sobre sus rodillas. Después se puso a llorar. Sus lágrimas eran tan grandes como las lluvias de invierno y empaparon al anciano.

Kana, de tamaño gigantesco, llora con el anciano sentado en sus rodillas, mientras Niheu protesta a su lado.

—Cuidado —dijo Niheu—. Lo vas a dejar pasado por agua.

Kana le ordenó encender un fuego. Hakalanileo se secó, entró en calor y contó su pena.

—Mis años casi se acabaron —dijo Kana—. Solo esperaba la muerte, y por fin aparece un rival digno de mi fuerza.

Decidió luchar por Hakalanileo. Mandó a Niheu, su hermano menor, que construyera una canoa. Pero el trabajo no salía. Niheu se esforzaba y se quejaba de que Kana descansaba mientras con el pie le destruía lo que hacía.

—Eso no es trabajo, es esclavitud —protestó.

Kana señaló un arbusto.

—¿Puedes arrancarlo?

Niheu estaba seguro de que sí. Tiró y tiró, pero el pequeño arbusto no se movió.

—Así tampoco vas a vencer a tu enemigo —se burló Kana.

Entonces extendió las manos entre los árboles del bosque. Al poco tiempo tenía una canoa en una mano y otra en la otra. Eran las canoas gemelas Kaumueli. Las bajó a la costa, las equipó con remos y dispuso catorce remeros. Embarcó con su vara mágica Waka-i-lani.

En el borde del bosque, Kana levanta una canoa en cada mano mientras Niheu lo mira boquiabierto.

Partieron hacia Haupu. Al poco tiempo las canoas encallaron en una repisa de roca.

—¡Tú duermes y nosotros nos morimos! —gritó Niheu.

—¿Qué va a matarnos? Son los arrecifes de Haupu. Golpéalos con Waka-i-lani.

Niheu golpeó con la vara. Las rocas se deshicieron y las canoas quedaron libres.

Siguieron hasta encontrarse con una pared de agua a punto de caer sobre ellos. Niheu volvió a despertar a Kana con sus gritos.

—El peligro de las rocas quedó atrás —respondió su hermano—. Al que tenemos enfrente, pégale con la vara.

Niheu lo hizo. El muro de agua se abrió y pudieron pasar.

De noche, Niheu golpea con su vara una enorme pared de agua que se abre sobre la canoa doble.

Más adelante apareció un monstruo enorme. Niheu estaba seguro de que, si caía sobre las canoas, no quedaría nadie vivo.

—Espera a que su hocico puntiagudo cruce la proa y golpea —le indicó Kana.

Niheu obedeció. El monstruo era un pez gigantesco. Cuando lo subieron a bordo, su peso hizo bajar los bordes de las canoas hasta el agua. Tuvieron comida para todos.

Luego encontraron otra defensa de Haupu: un tiburón con la boca abierta. Kana ordenó golpearlo y Niheu lo mató con la vara. Después apareció una enorme tortuga. Niheu volvió a llamar a su hermano, que dormía, y a una nueva orden le dio muerte también.

Habían pasado la noche superando aquellos obstáculos. Apenas asomó la mañana, el mástil quedó atrapado entre ramas. Niheu arrojó una piedra hacia arriba y las hizo caer.

Avanzaron un poco más y volvieron a detenerse.

—¡Otra vez dormido! ¡Estamos encallados! —se quejó Niheu.

Kana palpó por debajo y no encontró fondo. Buscó por encima: esta vez el mástil se había enredado en plantas. Tiró y arrancó vegetación junto con la tierra que la sostenía.

El olor de las raíces y las hojas recién removidas subió hasta Hale-huki, la casa de Kapeepeekauila. La gente de la cima miró hacia abajo y vio las enormes embarcaciones.

—¡Qué grandes! Deben de traer opihi de Hawaii para Hina —dijeron, pensando en los mariscos que tanto le gustaban.

Kana envió a Niheu a buscar a su madre.

—Ve en son de paz.

Niheu saltó a la costa, resbaló sobre las rocas lisas y cayó. Volvió a bordo diciendo que apenas había salvado la vida. Kana lo mandó otra vez.

En el segundo intento, los cangrejos de ojos largos escarbaron con tanta fuerza que le llenaron los ojos de arena. Regresó para lavárselos con agua de mar.

—¿Para qué mirabas hacia abajo? —le reprochó Kana—. Los cangrejos no son pájaros. Mira hacia arriba y vuelve.

A la tercera consiguió llegar. Subió hasta Hale-huki y entró por la puerta. Alguien le preguntó por qué había usado aquella entrada prohibida.

—Porque vi que tú entrabas por aquí. Si hubieras entrado por otro lado, yo también habría ido por ahí.

Delante de él estaban Kapeepeekauila e Hina. Niheu tomó la mano de su madre.

—Ven conmigo.

Ella se levantó y lo acompañó. Ya iban por la mitad del camino al precipicio cuando Kapeepeekauila preguntó si la mujer se había ido. Mo-i, hermana de Kana, le advirtió que, si quería recuperarla, tendría que pelear con ella.

Kapeepeekauila quería mucho a Hina, pero confiaba en que ninguna guerra alcanzaría su altura. Envió una compañía de kolea, aves que debían rozar el cabello sagrado de Niheu. Sus cabellos eran kapu: si los tocaban, la vergüenza haría que soltara a Hina.

Las aves pasaron volando y rozaron aquellos mechones. Niheu dejó la mano de su madre para golpearlas con la vara. Les arrancó las plumas de la cola; así explica el cuento que hayan quedado sin ellas. Pero, mientras él se defendía, las kolea se llevaron a Hina de vuelta.

En el sendero del acantilado, Niheu golpea con su vara una bandada de aves que se lleva a Hina por el aire.

Niheu bajó solo. Antes de subir a las canoas, se golpeó la frente con piedras hasta hacerse sangrar. Kana lo vio desde a bordo.

—Peleamos y me lastimaron la cabeza —dijo Niheu al llegar.

—No hubo ninguna pelea. Te lo hiciste tú por vergüenza de haber perdido.

—Entonces, ¿vamos a pelear?

—Sí —respondió Kana, y se puso de pie.

Sus piernas, llamadas Keauea y Kaipanea, se apoyaban en las canoas. Empezó a crecer, a estirarse hacia lo alto, hasta superar la cima de Haupu. Quienes vivían allí creyeron llegada su muerte.

Kapeepeekauila corrió a podar las ramas de un árbol de kamani. Con cada poda el promontorio crecía. Kana se estiraba más; Haupu subía más todavía.

Siguieron así hasta que el cuerpo de Kana se volvió tan delgado como el tallo de una hoja de banano. Continuó estirándose, cada vez más fino, hasta parecer un hilo de telaraña. Ya no pudo seguir. Kapeepeekauila había ganado aquella vez.

Niheu le gritó que se tendiera hasta Kona, en Hawaii, donde vivía su abuela Uli. Kana extendió el cuerpo sobre el mar. El tronco llegó a Kona y los pies quedaron en Molokai.

Uli le dio de comer hasta que volvió a engordar y recuperar fuerzas. Mientras tanto, Niheu vigilaba sus pies, cada vez más carnosos, sin tener nada para comer.

—Tú comes y engordas, y yo me muero de hambre —dijo. En venganza le cortó uno de los pies.

La sensación recorrió el largo cuerpo de Kana.

—Siento que algo se me entumece —le dijo a su abuela.

Uli le explicó lo que había hecho Niheu, hambriento de tanto esperar.

Cuando Kana recuperó la fuerza, se preparó para regresar a Haupu. Juntaron abundante comida en Waipio, embarcaron otra vez y volvieron a Molokai. Esta vez Kana llevaba un consejo de Uli: antes que nada debía destruir todas las ramas del kamani.

Así lo hizo. Después se mostró y empezó a crecer frente al promontorio. Kapeepeekauila se apresuró a podar su árbol, pero no encontró ninguna rama. Haupu ya no pudo seguir subiendo.

En la cima de Haupu, Kapeepeekauila mira espantado un árbol sin ramas mientras la cabeza de Kana asoma sobre el acantilado.

Kana lo venció. Recuperó a su hermana Mo-i y devolvió Hina a Hakalanileo. Después derribó el promontorio y arrojó a patadas grandes pedazos al mar.

Las rocas que sobresalen allí quedaron ligadas a esa victoria. El relato las llama las Rocas de Kana.

En una playa de lava al atardecer, el anciano abraza a Hina; mar adentro asoman rocas puntiagudas y, a lo lejos, se aleja Kana.
Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

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Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

Niheu es vigilante y valiente, pero también se enoja, se avergüenza y miente. Kana tiene una fuerza enorme, aunque necesita comida y el consejo de Uli. Puedes mirar cómo se ayudan y cómo se lastiman. También importa escuchar el comienzo: Hina decide irse con Kapeepeekauila, aunque después otros hombres disputen su regreso.

  • ¿Qué logra el consejo de Uli que la fuerza de Kana no había logrado?
  • ¿En qué momentos sabemos lo que quiere Hina y en cuáles deja de hablar?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La narración se presenta desde la pérdida del primer marido, pero deja explícita la aceptación inicial de Hina. Transformarla en un secuestro borraría esa agencia y simplificaría la expedición posterior. La victoria combina fuerza, alimento y conocimiento del mecanismo que hace crecer Haupu; también conserva el resentimiento y el daño entre hermanos. El regreso de Hina está narrado como restitución, sin una nueva declaración suya que autorice leerlo como elección final.

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