Hiku y el espíritu de Kawelu suben en un columpio de kowali dentro de la caverna de Milu.

Archipiélago de Hawái · Isla de Hawaii: Hualalai y Holualoa · Relato tradicional

Hiku y Kawelu

Relatos hawaianos · testimonio histórico de 1907

9 min de lectura14+ años · edad orientativa
Empieza la historia

Selecciona un párrafo para guardar tu lugar. Con el teclado, usa Tab y luego Enter.

Cerca de la cumbre de Hualalai, en una cueva del lado sur de la montaña, vivían Hina y su hijo Hiku. Él era un kupua, un ser de poderes extraordinarios. Había pasado toda su infancia y su juventud a solas con su madre, sin bajar nunca a las llanuras donde vivían otras personas.

A veces le llegaban de lejos los tambores y las voces de las fiestas. Se quedaba escuchando e imaginaba a quienes bailaban y cantaban entre los cocoteros. Una y otra vez había pedido permiso para conocerlos, pero Hina no lo dejaba ir.

Cuando ya se sintió un hombre, volvió a pedírselo. Esta vez su madre comprendió que estaba decidido y, aunque a disgusto, aceptó.

—No te quedes demasiado tiempo —le advirtió—. Vuelve pronto.

En la boca de una cueva de lava, una mujer sujeta preocupada el brazo de su hijo, que sostiene una flecha y mira hacia la costa lejana.

Hiku tomó su flecha Pua Ne y partió. No era una flecha cualquiera: podía responder cuando él la llamaba y señalarle el camino con su vuelo.

Bajó entre rocas de lava y bosques de koa por el costado sudoeste de Hualalai. Cerca del pie de la montaña se detuvo sobre una colina y arrojó Pua Ne al aire. La siguió con la mirada hasta que cayó en otra elevación, por encima de Kailua.

Fue a buscarla y la lanzó de nuevo. Esta vez la flecha cayó cerca de la costa de Holualoa, sobre la lava lisa, junto al pozo de agua de Waikalai. El relato también llama a ese lugar Wai a Hiku, el Agua de Hiku, y lo recuerda como sitio donde la gente llevaba a beber a sus animales y buscaba agua para sus casas.

Hiku bebió. Cuando estuvo cerca de la aldea de Holualoa, lanzó la flecha una tercera vez. Pua Ne entró en el patio del jefe de Kona y cayó a los pies de la princesa Kawelu.

Ella vio acercarse al joven para recogerla. Le gustó su porte y escondió la flecha, desafiándolo a encontrarla.

—¡Pua Ne! ¡Pua Ne! —llamó Hiku.

—¡Ne! —respondió la flecha desde su escondite.

En un patio soleado, una joven sonriente esconde una flecha detrás de la espalda mientras un muchacho la llama con la mano junto a la boca.

La belleza de Hiku y aquel prodigio terminaron de enamorar a Kawelu. Quiso que se convirtiera en su esposo y encontró maneras de retenerlo durante varios días. Cuando él por fin anunció que volvería a la montaña, ella lo encerró en la casa para impedir que se fuera.

Hiku recordó la advertencia de su madre. Trepó al techo, apartó parte de la cubierta y escapó por la abertura.

De noche, un joven agachado sobre el techo de paja de una casa mira hacia la montaña antes de escapar por una abertura.

Al descubrir su partida, Kawelu cayó en una tristeza que nadie conseguía aliviar. Dejó de comer y, al cabo de unos días, murió.

Fueron mensajeros a buscar a Hiku. Él volvió y lloró junto al cuerpo de la joven a la que amaba. Sus familiares y amigos le reprocharon que la hubiera abandonado. Pero el espíritu de Kawelu ya había partido hacia el mundo inferior, gobernado por Milu.

Hiku decidió intentar el descenso y traerla de vuelta.

Con ayuda de los amigos de Kawelu reunió largas enredaderas de kowali de las laderas de la montaña. Preparó también una cáscara de coco hueca, dividida en dos mitades que encajaban bien. Después se untó el cuerpo con aceite rancio de coco y de kukui, hasta adquirir un olor semejante al de un cadáver.

Cargaron las canoas y remaron hacia el sitio donde el cielo parecía encontrarse con el agua. Allí se abría el abismo de Lua o Milu.

Hiku se sentó sobre el travesaño de un columpio sostenido por una sola soga de kowali. Llevaba consigo las dos mitades del coco. Sus compañeros sujetaron el extremo de la soga desde las canoas y empezaron a bajarlo.

Desde unas canoas en el horizonte, varios hombres sostienen una larga soga de enredadera por la que un joven sentado en un columpio desciende hacia un abismo de niebla.

Llegó a una gran caverna donde se reunían las sombras de los muertos. Los espíritus se acercaron, curiosos, a mirar al recién llegado.

—¡Qué olor tiene este cadáver!

—Debe de llevar mucho tiempo muerto.

Hiku había usado aceite de más, pero el engaño funcionó. Hasta Milu, que observaba a la multitud desde un costado, creyó que era uno de los muertos. De haber descubierto a un hombre vivo, no lo habría dejado entrar.

En una caverna azulada, espíritus pálidos rodean a un joven sentado en un columpio y se tapan la nariz, mientras un anciano sombrío los observa desde una cornisa.

El columpio atrajo la atención de todos. Una de las sombras lo miraba con especial interés: Kawelu.

Se reconocieron. Con permiso de Milu, ella se acercó y se sentó a columpiarse con Hiku, aunque tenía que volver la cara para apartarse del olor. Mientras disfrutaban del movimiento, él hizo la señal acordada con sus compañeros.

Arriba, los amigos empezaron a recoger la soga. Hiku y Kawelu subieron cada vez más.

Al principio ella estaba tan entretenida que no lo notó. Pero cuando vio qué pequeños quedaban los espíritus de abajo, estuvo a punto de alejarse volando, liviana como una mariposa.

Hiku estaba atento. Juntó de golpe las dos mitades de la cáscara de coco y encerró adentro el espíritu de Kawelu. Sus compañeros terminaron de subirlo a las canoas.

Regresaron a Holualoa. Hiku desembarcó y fue directamente a la casa donde todavía estaba el cuerpo de la joven. Se arrodilló a su lado e hizo una pequeña abertura en el dedo grande del pie izquierdo.

Por allí obligó a entrar al espíritu. Kawelu se resistía a volver a aquella carne fría e inmóvil, y le costó mucho introducirla. Cerró y ató la abertura para que no pudiera escapar. Después empezó a hacer lomilomi, masajeando y frotando el pie, y así hizo avanzar al espíritu por la pierna.

Poco a poco llegó al corazón. La sangre volvió a circular; el pecho empezó a moverse con la respiración. Finalmente el espíritu miró otra vez a través de los ojos.

Kawelu recobró la conciencia. Vio a Hiku inclinado sobre ella y habló:

—¿Cómo pudiste ser tan cruel y dejarme?

En una casa en penumbra, una joven se incorpora sobre unas esteras y mira con reproche a un muchacho arrodillado a sus pies, emocionado.

No recordaba nada de Lua o Milu ni del encuentro en el columpio. Su memoria continuaba en el punto donde se había interrumpido al morir.

La gente de Holualoa recibió con alegría su regreso. El relato termina reuniendo a Kawelu con Hiku, de quien, dice, ya no volvió a separarse.

Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

Querer estar con alguien no da derecho a impedirle salir. En la historia, primero Hiku queda encerrado y después Kawelu no puede elegir si volver a su cuerpo. Podemos seguir la aventura y, al mismo tiempo, preguntarnos qué decisiones puede tomar cada uno. El regreso es mágico: no describe una manera real de devolver la vida.

  • ¿Cuándo quiere irse cada personaje y quién se lo impide?
  • ¿Qué sabe Hiku al final que Kawelu ya no recuerda?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

El descenso reúne duelo, deseo y coerción. La fuente reprocha a Hiku su partida aunque esta sucede después de un encierro, y celebra una restitución que el espíritu resiste. La amnesia final impide que Kawelu narre esa segunda experiencia de pérdida de libertad. Conservar ambas resistencias permite leer el reencuentro sin convertirlo en una reconciliación consentida que el texto no desarrolla.

Preferencias de lectura

Tamaño de texto
21 px

¿Qué quieres leer?

Escribe al menos 2 caracteres.