Blancanieves mira la mitad roja de una manzana que le ofrece una anciana por la ventana.

Grimm · lengua alemana · colección literaria de Jacob y Wilhelm Grimm, mediación inglesa de Margaret Hunt · Relato tradicional

Blancanieves y el espejo de la reina

Grimm · lengua alemana · adaptación de fuente histórica

15 min de lectura14+ años · edad orientativa
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En pleno invierno, mientras los copos caían como plumas, una reina cosía junto a una ventana de ébano negro. Miró la nieve y se pinchó con la aguja. Tres gotas de sangre cayeron sobre lo blanco.

Le pareció tan hermosa aquella combinación que deseó tener una hija blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como la madera de la ventana.

Una joven reina cose junto a una ventana de ébano y contempla tres gotitas rojas sobre la nieve del alféizar.

Poco después nació una niña de piel blanca, mejillas rojas y pelo negro como el ébano. La llamaron Blancanieves. Su madre murió al nacer ella.

Un año más tarde, el rey volvió a casarse. La nueva reina era hermosa, orgullosa y altiva. No soportaba que nadie la superara en belleza. Tenía un espejo maravilloso al que preguntaba:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién».

El espejo respondía:

«Reina, en toda esta tierra, eres tú la más bella».

Ella quedaba satisfecha, porque sabía que el espejo decía la verdad.

Blancanieves crecía y se volvía cada vez más hermosa. A los siete años ya superaba a la reina. Un día, cuando esta repitió su pregunta:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién»,

el espejo contestó:

«De quienes están aquí eres la más bella, pero Blancanieves te supera en belleza».

La reina se puso amarilla y verde de envidia. Desde entonces no podía mirar a la niña sin sentir odio. La envidia y el orgullo crecían como malezas y no la dejaban descansar ni de día ni de noche.

La reina, con el rostro lleno de envidia, mira su reflejo en un espejo dorado mientras Blancanieves juega en un pasillo al fondo.

Llamó a un cazador y le ordenó llevar a Blancanieves al bosque, matarla y traer su corazón como prueba. El hombre obedeció y sacó el cuchillo, pero la niña empezó a llorar.

—Déjame vivir. Voy a esconderme en el bosque y no volveré nunca a casa.

El cazador sintió lástima y la dejó huir. Pensó que seguramente las fieras acabarían con ella, pero se alivió de no tener que matarla con sus propias manos. En ese momento pasó un jabalí joven. Lo mató y le sacó el corazón para llevárselo a la reina.

En un bosque sombrío, el cazador arrodillado le señala el camino a Blancanieves, que se aleja llorando y mira hacia atrás.

Ella mandó que el cocinero lo preparara con sal y se lo comió, convencida de que era el corazón de Blancanieves.

La niña estaba sola en el bosque, aterrada. Miraba cada hoja sin saber adónde ir. Después echó a correr por piedras filosas y espinos. Los animales salvajes pasaban a su lado sin hacerle daño.

Caminó y corrió hasta que casi anocheció. Entonces encontró una casita y entró para descansar. Todo era pequeño, limpio y ordenado. Sobre la mesa había un mantel blanco, siete platos con sus cucharas, siete cuchillos, siete tenedores y siete tazas. Contra la pared se alineaban siete camas con colchas blancas.

Tenía hambre y sed. Comió un poco de verdura y pan de cada plato y bebió una gota de vino de cada taza, para no dejar a ninguno sin su porción. Después probó las camas. Una era demasiado larga; otra, demasiado corta. La séptima le quedó bien. Rezó y se durmió.

Cuando oscureció del todo, volvieron los dueños: siete enanos que trabajaban en las montañas buscando minerales. Encendieron sus siete velas y notaron los cambios.

—¿Quién se sentó en mi silla? —preguntó el primero.

—¿Quién comió de mi plato? —dijo el segundo.

El tercero preguntó por su pan; el cuarto, por sus verduras; el quinto, por su tenedor; el sexto, por su cuchillo; el séptimo, por su taza.

Después vieron las marcas en las camas. Cada uno protestó porque alguien había estado en la suya, hasta que el séptimo encontró a Blancanieves dormida. Llamó a los otros. Se acercaron con las velas y se maravillaron de la niña. No quisieron despertarla. El dueño de aquella cama pasó la noche acomodándose por turnos con sus compañeros.

De noche, siete enanos con velas rodean una camita y miran maravillados a Blancanieves dormida.

Por la mañana, Blancanieves se asustó al verlos. Ellos fueron amables y le preguntaron su nombre y cómo había llegado. La niña contó lo del cazador y la orden de su madrastra.

—Si cuidas la casa, cocinas, haces las camas, lavas, coses y tejes, puedes quedarte —le ofrecieron—. No te va a faltar nada.

Ella aceptó de buena gana. Mientras ellos salían a buscar cobre y oro, mantenía la casa en orden y preparaba la cena. Como quedaba sola durante el día, le advirtieron que no abriera a nadie: su madrastra podía descubrir dónde estaba.

La reina, convencida de haber comido su corazón, volvió a preguntar:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién».

El espejo respondió:

«Reina, eres la más bella de aquí, pero tras las montañas, donde viven los siete, Blancanieves está viva y sana, y en hermosura nadie la vence».

La reina comprendió que el cazador la había engañado. Pensó cómo matarla y finalmente se pintó la cara y se vistió de vendedora ambulante. Cruzó las siete montañas y golpeó la puerta de la casita.

—¡Cosas lindas y baratas!

Blancanieves miró por la ventana. La mujer le mostró cordones de todos los colores, entre ellos uno tejido con seda brillante. La niña creyó que podía dejar entrar a aquella anciana, abrió y compró el cordón.

—¡Qué mal te ajustaste el vestido! —dijo la vendedora—. Deja que lo haga yo.

Blancanieves se quedó quieta, sin sospechar. La reina apretó tan rápido y tan fuerte que le quitó el aire. La niña cayó como muerta.

—Ahora soy la más hermosa —dijo la reina, y huyó.

Al volver, los enanos la encontraron inmóvil. Advirtieron los cordones demasiado apretados y los cortaron. Blancanieves empezó a respirar y recuperó el conocimiento. Cuando contó lo ocurrido, le explicaron que la vendedora era su madrastra y le repitieron que no abriera a nadie.

En su palacio, la reina consultó otra vez:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién».

Y oyó la misma respuesta:

«Reina, eres la más bella de aquí, pero tras las montañas, donde viven los siete, Blancanieves está viva y sana, y en hermosura nadie la vence».

La reina sintió que la sangre se le agolpaba en el corazón. Recurrió a sus conocimientos de hechicería y preparó un peine envenenado. Se disfrazó de otra anciana y cruzó de nuevo las montañas.

Blancanieves le dijo por la ventana que no podía dejarla entrar.

—Mirar sí puedes —respondió la mujer, mostrándole el peine.

A la niña le gustó tanto que se dejó convencer. Abrió, acordaron el precio y la anciana se ofreció a peinarla. Apenas el peine tocó su pelo, el veneno hizo efecto y cayó sin sentido.

La reina se marchó, segura de haber terminado con su rival. Por suerte faltaba poco para el regreso de los enanos. Al verla en el suelo sospecharon de la madrastra y buscaron hasta encontrar el peine. Lo retiraron y Blancanieves volvió en sí. Le advirtieron una vez más que no abriera a nadie.

Un enano le quita a Blancanieves un peine del pelo mientras los demás la rodean preocupados y ella empieza a abrir los ojos.

La reina se plantó ante el espejo:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién».

El espejo repitió:

«Reina, eres la más bella de aquí, pero tras las montañas, donde viven los siete, Blancanieves está viva y sana, y en hermosura nadie la vence».

Temblando de furia, la reina juró que Blancanieves moriría aunque le costara su propia vida. Entró en una habitación secreta y preparó una manzana muy venenosa. Era blanca con un lado rojo, tan apetitosa que cualquiera habría querido probarla. Pero solo la parte roja contenía el veneno.

En una habitación oscura, la reina sostiene una manzana mitad blanca y mitad roja entre frascos y hierbas secas.

Se pintó la cara, se vistió de campesina y volvió a cruzar las siete montañas. Blancanieves asomó la cabeza por la ventana.

—No puedo dejar entrar a nadie. Los siete enanos me lo prohibieron.

—No importa. Ya voy a vender mis manzanas. Toma, te regalo una.

La niña no quiso aceptarla.

—¿Tienes miedo de que esté envenenada? La corto en dos. Tú comes la parte roja y yo la blanca.

La reina comió su mitad. Al verla, Blancanieves perdió la desconfianza y extendió la mano. Apenas tuvo un bocado en la boca, cayó muerta.

La reina se rio.

—¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano! Esta vez los enanos no van a despertarte.

De vuelta en casa preguntó:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién».

Por fin recibió la respuesta deseada:

«Reina, en toda esta tierra, eres tú la más bella».

Su corazón envidioso descansó, tanto como puede descansar un corazón así.

Los enanos encontraron a Blancanieves sin respiración. La levantaron, buscaron algo venenoso, aflojaron sus cordones, le peinaron el pelo y la lavaron con agua y vino. Nada funcionó. La tendieron sobre unas andas y lloraron alrededor de ella durante tres días.

Iban a enterrarla, pero conservaba las mejillas rojas y parecía viva. No soportaron dejarla bajo la tierra oscura. Hicieron un ataúd transparente de vidrio, la colocaron dentro y escribieron en letras de oro su nombre y que era hija de un rey.

Llevaron el ataúd a la montaña y siempre uno de ellos se quedó a vigilarlo. También llegaron aves a llorarla: primero una lechuza, después un cuervo y por último una paloma.

En lo alto de una montaña, los siete enanos rodean un ataúd de vidrio donde Blancanieves parece dormir; sobre él se posan una lechuza, un cuervo y una paloma.

Pasó mucho, mucho tiempo. Blancanieves no cambiaba. Seguía blanca como la nieve, roja como la sangre y con el pelo negro como el ébano, como si estuviera dormida.

Un príncipe que atravesaba el bosque fue a pedir alojamiento a los enanos. Vio el ataúd, miró a Blancanieves y leyó las letras doradas. Ofreció pagar cualquier cosa por llevárselo. Los enanos dijeron que no lo entregarían ni por todo el oro del mundo.

—Entonces dénmelo como regalo —rogó—. No puedo vivir sin verla. La voy a honrar y cuidar como mi posesión más querida.

Sus palabras les dieron lástima y aceptaron. Los criados cargaron el ataúd sobre los hombros. En el camino tropezaron con un tocón. La sacudida hizo salir de la garganta de Blancanieves el pedazo de manzana envenenada.

Ella abrió los ojos, levantó la tapa y se incorporó, otra vez viva.

Blancanieves levanta la tapa del ataúd de vidrio y se incorpora mientras el príncipe, los criados y los enanos la miran con alegría.

—¿Dónde estoy?

El príncipe, lleno de alegría, le contó lo ocurrido y le pidió que lo acompañara al palacio de su padre para casarse con él. Blancanieves aceptó. Celebraron la boda con gran esplendor.

También invitaron a su madrastra. Antes de ir, la reina se vistió con sus mejores ropas y consultó al espejo:

«Espejo, espejo de la pared, ¿quién es la más hermosa? Dime quién».

Esta vez contestó:

«Reina, eres la más hermosa de aquí, pero la joven reina es más bella que tú».

La mujer lanzó una maldición. Primero quiso quedarse en casa, pero no pudo soportar la incertidumbre. Tenía que conocer a aquella reina joven.

Al entrar en la fiesta reconoció a Blancanieves y quedó inmóvil de rabia y de miedo. Ya habían puesto al fuego unos zapatos de hierro. Los trajeron con tenazas y los dejaron delante de ella.

La obligaron a calzarse los zapatos al rojo vivo y a bailar hasta caer muerta.

Fin

¿Una historia para recordar?

Puedes volver siempre que quieras.

¿Seguimos con otra?

Otro cuento no leído al azar

Detrás de esta historia.

Para reflexionar

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Cuentos ilustrados

Lecturas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia.

Con chicos

Para conversar con chicos

La reina inventa distintas apariencias para acercarse a Blancanieves. En la tercera visita incluso come una parte de la manzana para parecer segura. La responsabilidad del daño es de quien prepara la trampa.

  • ¿Qué cambia en los engaños de la reina después de que los primeros intentos no funcionan?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La belleza decide la persecución, el perdón del cazador, la conservación del cuerpo y el interés del príncipe. El rescate no elimina esa mirada: antes del despertar, el príncipe habla de una posesión querida. El cierre celebratorio incluye una ejecución cruel que conviene leer sin borrarla.

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