Un chacal y una pava real se prometieron amistad para siempre. Comían juntos todos los días y pasaban horas conversando.
Una vez, ella llevó ciruelas jugosas y él, un cabrito. Después del almuerzo, la pava real escarbó la tierra y plantó los huesos de las ciruelas en una hilera.
—Mi madre me enseñó a no desperdiciar —explicó—. De aquí saldrán árboles. Aunque yo no llegue a verlos, sus frutos alimentarán a otros pavos reales.
El chacal se sintió menos importante ante aquel discurso. Para no quedarse atrás, aseguró:
—Yo hago lo mismo con los huesos.
Cavó otro pedazo de tierra y enterró los del cabrito, bien separados.
Desde entonces iban juntos a mirar sus parcelas. Los huesos de ciruela dieron brotes verdes. Los huesos del cabrito no mostraron cambio alguno.
—Los huesos tardan bastante en germinar —dijo el chacal, tratando de parecer tranquilo—. A veces pasan meses.
—Y a veces años —contestó la pava real con ironía.
Con el tiempo, las plantas crecieron. Ella se burlaba cada vez más y él se enfurecía cada vez más. Finalmente los árboles florecieron y dieron fruta.
Una tarde, la pava real se sentó a comer ciruelas maduras. El chacal no había conseguido cazar nada y estaba hambriento.
—¡Cómo tardan tus huesos! —se rio ella—. Pero cuando broten, ¡qué cosecha vas a tener!
Él apretó los dientes. La pava real siguió:
—Pobre amigo, quizá te mueras de hambre antes de recogerla. Qué lástima que mientras tanto no puedas comer ciruelas.
—Si no puedo comer ciruelas, puedo comerme a quien las come —respondió el chacal.
Se abalanzó sobre ella y la devoró.



